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Mola este Gobierno. ¿Que no? ¿No han visto cómo se manifestaron ayer algunos de sus ministros por eso del Primero de Mayo en Madrid como si fueran un currito más? Este año hemos encontrado detrás de la pancarta a la de Hacienda Somos Todos Aunque Algunos Más Que Otros, María Jesús Montero; al de No Consumir Carne, Alberto Garzón; a la de Desigualdad, Irene Montero; y a la omnipresente sonrisa Profidén Yolanda Díaz, a la sazón ministra de Trabaja Si Quieres Que Si No Tengo Subvención y vicepresidenta del régimen.

Y claro, los cada vez menos presentes en esta otrora multitudinaria manifestación estaban un poco descolocados. ¿A quién iban a criticar si el propio Gobierno encabezaba la marcha? Pues al empresario, lógicamente. El lema de este año era “subir salarios, bajar precios, repartir beneficios’. Si lo analizan es como vivir en los mundos de Yupi. Cuánto tienen que estar ganando las empresas para que puedan de una sola tacada pagar más a sus empleados, poner a la venta los productos que ofrecen mucho más baratos para los consumidores y de lo que les quede -la ganancia- repartirla como buenos hermanos entre los demás. De verdad, yo de mayor me voy a hacer empresario.

Lo de pedir un aumento de sueldo es una reivindicación tan vieja como el Día del Trabajo. Todos queremos más, que gritamos en Sanfermines. Hasta ahí, todo correcto.

Lo de bajar los precios es más complicado. Que yo sepa estamos en una economía de mercado, donde rige la ley de la oferta y la demanda. Hay empresas que venden barato y otras que venden caro. Cada una hace su plan de negocio. Y a unas les sale bien y a otras mal. Pero tengan por seguro que ninguna va a vender para perder dinero. Con lo cual, a los sindicatos habría que decirles, en este sentido, zapatero a tus zapatos. Que lo de la regulación de precios y ese tipo de intervencionismo suena a república sudamericana. Y no creo que queramos parecernos a algunos de esos países. Al menos, la mayoría.

Y lo de repartir beneficios entra en la zona del surrealismo. Todas las empresas quieren repartir beneficios. Pero entre sus accionistas, claro, que son quienes se juegan su dinero en esos negocios. Si la cosa va bien, reciben dividendos y si va mal, pueden perder su inversión. Hay gente que incluso se arruina. De verdad, señores sindicalistas, existen casos. Por lo tanto, eso de decir a un empresario qué debe hacer con su dinero resulta muy peligroso.

CCOO y UGT, los convocantes de las manifas de turno, han amenazado con movilizaciones y huelgas generales si la patronal no les hace caso en sus reivindicaciones. De las tres que plantean este año les puedo asegurar que en dos de ellas no tienen nada que hacer. Y lo de subir los sueldos dependerá de cómo vaya la economía.

El otro día, mi peluquero me comentaba que no contrataba a nadie desde hacía tiempo porque no le compensaba. La última persona a la que había dado trabajo no cortaba el pelo suficiente como para cubrir un sueldo digno, abonar los gastos que debe pagar al Estado y dar un mínimo beneficio al contratador. Por lo tanto, como no le salían las cuentas, prefirió dejar la caridad en manos de las ONG.

Aquí en Salamanca, 1.400 personas, según la Subdelegación del Gobierno, reclamaron estas tres demandas. En Madrid fueron 10.000; en Barcelona, apenas 2.000, según la Guardia Urbana. Quizás todos ellos deberían mirar al compañero de pancarta, ese que tiene una cartera ministerial o un cargo político, y decirle que baje impuestos para que contratar a alguien no sea tan oneroso. Igual conseguimos algo más.

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