01 marzo 2021
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El político indecente

    Tomo prestados pensamientos de Lledó, el español más reconocido en Filosofía, aunque él prefiera hacerse llamar simplemente profesor. “El ataque a la política, la burla no digamos, se nos clava en la cabeza como si todos los políticos fueran unos sinvergüenzas. Y eso es un error... La política es el más arquitectónico de los saberes porque los comprende a todos” (Filosofía &Co).

    El segundo pensamiento hace referencia a lo que él considera lo más importante en una sociedad, que es “crear capacidad de pensar”.Y parece que con el confinamiento esa capacidad está en el baúl de los olvidos. Parece que si el político habla y ordena, nuestra mente entra en modo rebaño y no va más allá, no nos atrevemos a cuestionar o lo reducimos a una cuestión de derechas o izquierdas, de buenos o malos o al revés, y eso es peligroso incluso en el mejor de los casos, en el de si la prohibición llegara del político de Aristóteles, entendido como el hombre decente, justo, entregado a los demás.

    Capacidad de pensar y cuestionar. ¿Cómo es posible que el Gobierno central se haya desentendido de la pandemia? ¿Dónde está escondido Pedro Sánchez? ¿No es un sinvergüenza un político que se ausenta y deja a los ciudadanos abandonados a su suerte? ¿Por qué si superamos los parámetros de su famoso semáforo no ha tomado ninguna decisión y ha vuelto a dejar todo en manos de las comunidades? ¿Es decente permitir que en una situación dramática las 17 comunidades aprueben normas diferentes y que, pese a obligarlas a tomar decisiones, las amordace para que se estrellen?

    Lo único que ha cambiado desde que predicaba semáforos y confinamientos es que las elecciones catalanas estaban a la vuelta de la esquina y el candidato es el ministro. Los ciudadanos -y esto es capacidad de pensar- importamos cero cuando, como en este caso, el interés del político es el propio.

    En Castilla y León, y volvemos a la capacidad de pensar, si a Fernández Mañueco le abandonó el Gobierno, la jugada del toque de queda es apropiada para romper la tomadura de pelo y cumplir con lo que él cree que debe hacer como presidente de la comunidad.

    Ahora estamos en un drama y no nos queda otra que confiar en el éxito de las medidas aprobadas por la Junta porque la vida nos va en ello. Aunque, capacidad de pensar, sea difícil entender que Igea mantenga los colegios abiertos en una situación dramática como la que describe o que su receta para todo haya sido y sea confinar, aunque en su día entonara el “mea culpa” y reconociera su fallo por no haber aplicado una política más proactiva, con otras estrategias de test de antígenos, muestreos o cumplimientos de cuarentenas.

    Capacidad de pensar. Hemos llegado hasta aquí porque las normas no se han cumplido ni se han hecho cumplir. Porque hay radares en las carreteras pero las autoridades han desenchufado los suyos en la pandemia cuando se celebraron fiestas, se superaron aforos o se prescindió de mascarillas, como si la responsabilidad de Igea o de Illa fuera prohibir pero no garantizar el cumplimiento de la norma aunque atente a la salud pública. Y si hace falta policía autonómica por la dejadez de funciones del Gobierno, quizás sea el momento.

    Capacidad de pensar. Aterrorizar de forma constante a la población solo sirve para que ahora el mensaje de Igea suene al de “Pedro y el lobo”, aunque en esta ocasión el drama llame a la puerta. Parece haber tenido poco en cuenta la reflexión de José María Eiros Bouza, destacado miembro de su comité de expertos, partidario “de huir del miedo como parálisis y tratar de mantener una actitud racional en la enfermedad”. Poco le ha escuchado también cuando Bouza abogaba (diariodecadiz.es) por “conjuntar de manera muy delicada el interés sanitario con el social y económico (...)”. Otros han pedido una educación sanitaria constante.

    Y se ha probado de todo, menos la experiencia veterinaria de atacar por foco y mantenerlo limpio: a ninguno se le ocurriría restringir toda la provincia por casos en una zona. Sorprende que no esté planteado el cierre de localidades con una mayor incidencia -y lo de Guijuelo, Ciudad Rodrigo y Béjar es preocupante- ni salvar de la quema a zonas con baja positividad. “No tiene ningún sentido que pueblos en los que ha habido cero casos durante toda la pandemia o en los últimos 14 días permanezcan confinados porque en la capital o en la provincia aún existan casos”. Esto no lo decía cualquiera, era el propio Igea en mayo, cuando gestionaba el Gobierno la pandemia.

    Pero a Igea se le puede atribuir responsabilidad en la situación actual, pero no un interés particular en la toma de decisiones. Actúa como posiblemente harían otros médicos en la pandemia y, por si fuera poco, se ha rodeado de un comité de expertos repleto de médicos -de Hospital (sobre todo del Río Hortega)- y de especialistas de la propia Junta.

    Otra historia es la de Fernando Simón. Lo último suyo, además de negar la cepa británica, es atribuir la situación actual a que en navidades “lo pasamos mejor de lo que deberíamos”. Y esto, encima, dicho con una sonrisa. Dice Lledó: “El político puede equivocarse, pero tiene necesariamente que ser decente”. Desde luego que no se refería a Simón o a su jefe Sánchez, pero les va como anillo al dedo.

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