25 mayo 2019
  • Hola

El museo

18 may 2019 / 03:00 H.
Juan Antonio García Iglesias
Visto desde fuera

Hoy es el Día Internacional de los Museos, así lo dispuso el ICOM (the International Council of Museums) y así lo viene siendo cada año desde 1977 con la tutela de la UNESCO. Pues para museo, Salamanca, no solo por sus calles, callejas y cuestas, rondas y rondines, sus plazas, plazuelas y rincones, sus fachadas, paredones, torres y espadañas, sus patios, corrales y corralillos, su huerto, sus puentes, sus ruinas y sus desidias, más lo que hay dentro de todo ello, o sea, por aquello que desde fuera no se ve ni se imagina, más por lo que se sigue descubriendo y sacando poco a poco a la luz, que convierten a Salamanca no en una ciudad de museos (que lo es) sino en un inmenso museo, que va mucho más allá de la rana de la Universidad y del astronauta de la Catedral Nueva, que es lo más buscado por el turista de callejeo, para el que visto aquella y visto éste, visto todo.

Cualquiera que viene a Salamanca atraído por lo que ha sido y conserva de lo que fue lo hace pensando en la Universidad, en las Catedrales, en el Convento de San Esteban, en la Casa de las Conchas, en la Plaza Mayor, en la Clerecía, en el Colegio de los Irlandeses, en los palacios de Anaya y de Monterrey... No solo por su imponente aspecto externo de inmensa belleza, también y sobre todo por la mucha historia que guardan entre sus muros custodiada en bibliotecas, archivos, colecciones, que los acontecimientos y el transcurrir de los siglos han ido llenando.

Se habla de museos. Ninguno de ellos se concibe en otro lugar que no sea Salamanca, todos tienen su arraigo y su razón de ser salmantinos y de ningún otro sitio, porque si Salamanca no hubiese sido lo que fue ni hubiese contribuido lo que contribuyó en tantísimos lances, muchos de gran trascendencia histórica y universal, a lo largo de tanto tiempo, no existirían. Cualquier iglesia (la Purísima, San Marcos, Sancti Spiritus, Santo Tomás Cantuariense, San Martín, San Juan de Barbalos, San Benito, San Julián...), cualquier convento (las Úrsulas, cerrado a cal y canto, las Dueñas, las Isabeles, las Claras, vacío de monjas aunque el espacio museístico se mantiene abierto...) cualquier palacio o casona de abolengo es un museo dentro de este otro que los engloba a todos y que no para de crecer.

En el Cerro de San Vicente, que es donde se asienta el origen de la ciudad, se trabaja sin pausa sacando de la tierra lo que la tierra ha conservado del pasado más remoto, que ni la francesada consiguió borrar del paisaje urbano pese a lo mucho que allí destruyó para construir sobre las ruinas sus propias defensas, que ahora se están desenterrando. Aquí a poco que se escarbe salta la sorpresa, nunca inesperada porque el subsuelo de Salamanca contiene el filón de su pasado. En la Cuesta de Carvajal se encontraron lo que los arqueólogos buscaban, restos de la muralla prerromana, los recuperaron y a la vista están. Más de lo mismo ocurrió con el pozo de nieve, curiosísima construcción integrada en el desaparecido convento carmelita de San Andrés, del que quedan vestigios suficientes para hacerse idea de lo que allí hubo. Todo este conjunto también se ha recuperado y es parte visitable de la ciudad, que crece por abajo, pero también por arriba.

Sí, por arriba, porque hace una semana se amplió la oferta con la apertura de un nuevo mirador en lo alto de la fachada de San Esteban, desde donde se observa una magnífica panorámica de la ciudad que se suma a las que pueden verse desde las torres de la Catedral y de la Clerecía, un atractivo más de una ciudad que no se acaba, porque en Salamanca hasta la fábrica de Mirat es una pieza de museo, no solo por lo que conserva del viejo convento jerónimo, sino por lo que conserva de sí misma, tan de otro tiempo como la ermita de Nuestra Señora de la Misericordia, no por lo que es o era hasta hace nada, una imprenta, sino por lo que fue antes de todo, que comparte con la iglesia vieja de Pizarrales. Su espadaña lo fue de esta ermita, que sigue en la plaza de San Cristóbal dando testimonio.

Ciudad para perderse, porque un paseante perdido puede encontrar en su deriva lo que nadie iba a enseñarle por salirse, aunque no mucho, de los itinerarios marcados. Aprovechen el día, piérdanse por este inmenso museo y disfrútenlo si el tiempo no lo impide.