28 octubre 2021
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El espejo de Merkel

27 sep 2021 / 03:00 H.

    Durante uno de los periódicos encuentros que Merkel ha venido manteniendo con la Sociedad de la Prensa Extranjera de Berlín, a la que pertenezco, tuve ocasión de preguntar a la canciller alemana si había algún español al que le gustaría conocer personalmente. No se lo pensó ni un segundo. Como si tuviera la respuesta preparada asintió con la cabeza y pronunció con bastante soltura: “Vicente del Bosque”. Yo tampoco anduve lenta en la reacción. Salté, de hecho, como un resorte. “¡Pues es de mi pueblo!”, le dije, mientras buscaba apresuradamente la foto de mi padre con el entrenador medio ledesmino, siempre a mano en el móvil. Solo un rato después, metabolizada ya la adrenalina del momento, fui consciente de la gran sabiduría destilada en aquella rápida elección. Con el español con el que Merkel se tomaría un café no era un político, ni un presidente de alguna empresa del IBEX, ni tampoco un artista, intelectual o académico. Mucho menos un cocinero estrella, personaje televisivo o influencer. Ni siquiera un deportista en estricto sentido. Se trataba de un tipo sencillo y sin florituras, pero con gran sentido común y consistencia; capaz de aglutinar a un país entero tras su proyecto, de hacer vibrar a todos los españoles en la misma longitud de onda; y cuya carta de presentación es un éxito como la copa de un pino: la copa de un mundial. Merkel, en el fondo, se miraba en su propio espejo. La figura política que ha gobernado Alemania y si me apuran Europa durante los últimos 16 años, a la que los ciudadanos alemanes han votado durante cuatro legislaturas consecutivas y habrían votado de nuevo si hubiera vuelto a presentarse, según todas las encuestas, está basada en esas mismas características. Merkel, elección tras elección, ha dejado en ridículo a los candidatos de diseño, gurús políticos y asesores de imagen. Nunca necesitó organizar una convención para conectar la política con la sociedad real, como la que comienza hoy el PP, porque muchas tardes, después de salir de la Cancillería, se pasaba por el supermercado de Friedrichstrasse y hacía cola en la caja para pagar los ingredientes con los que cocinar la cena, a menudo puerros para su receta personal de la sopa de patata. Porque llamaba personalmente a su peluquero, Udo Walz, para pedir cita cuando hubiera turno disponible y porque cuando Udo Walz murió, en noviembre de 2020, dejó una reunión del grupo parlamentario para acudir a su funeral, junto a muchas otras de sus clientas anónimas. Una persona real que hacía política real para gente real, con sus aciertos y sus errores, pero desde la honestidad y la convicción, no desde los intereses partidistas. Tanto es así que su propio partido ha estado en reiteradas ocasiones muy enfadado con ella, porque anteponía los intereses de Alemania y de Europa a los de la CDU. Tanto es así que ha gobernado codo con codo con los liberales del FDP, con los socialdemócratas del SPD y lo hubiera hecho gustosamente con Los Verdes, porque no concebía a los contrincantes políticos como enemigos sino como los diferentes de los que puede aprender y enriquecerse sin por ello devaluar las propias ideas. Y esa actitud genera genuina confianza en el electorado, al igual que el discurso político basado en hechos, no en acusaciones partidistas, y alejado de la crispación y el exabrupto.

    Ahora que Merkel se va, cuando incluso los votantes alemanes de extrema izquierda admiten mayoritariamente que la echarán de menos y Europa se encuentra ante la incertidumbre de una sucesión bastante por debajo de las expectativas que ella ha generado, nos deja en herencia un modelo de ser político, un patrón sobre el que cortar a gobernantes que recuperen esa conexión perdida con la sociedad real y un crisol de mujer poderosa, que no empoderada, en el que fundir y forjar los liderazgos femeninos del siglo XXI, para bien de todos.

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