15 agosto 2020
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El ejemplo de Portugal

20 abr 2020 / 03:00 H.
Pablo Montes
Sin tapujos

Una semana antes de decretarse el estado de alarma en España, mi mujer y yo hicimos nuestra última incursión en Portugal. Un país que nos enamora cada vez más, casi al mismo nivel que nuestra querida provincia de Salamanca. Mientras dábamos buena cuenta de un exquisito codillo acompañado de unas crujientes y deliciosas patatas fritas cortadas a cuchillo en un pequeño restaurante de Escalhão (a poco más de 20 kilómetros de La Fregeneda), la televisión pública lusa informaba de la incipiente crisis del coronavirus. Solo once casos estaban registrados en el país vecino, todos ellos importados y localizados en la región Norte. Aunque la preocupación empezaba a sobrevolar en el ambiente, pocos podíamos imaginar lo que sucedería solo siete días después. España y Portugal decretaban casi al unísono el estado de alarma con una sensible diferencia. Mientras en nuestro país el coronavirus estaba descontrolado con 6.000 contagios y 132 muertos, en Portugal apenas superaban los 600 positivos y ningún fallecido. Días después, esa ‘Raya’ permeable que habíamos cruzado como si nada por La Bouza y Vega Terrón pasaría a ser una barrera infranqueable.

Durante décadas hemos mirado a Portugal con desdén y un chulesco espíritu de superioridad injustificado. Esa percepción ha ido cambiando a medida que muchos han olvidado los prejuicios a base de conocimiento. Se suele decir que viajar culturiza, mata la ignorancia y te hace mejor persona. Al cruzar esa ‘Raya’, tan cercana y lejana al mismo tiempo, muchos han descubierto un país acogedor, tranquilo y luchador. Envuelto en esa melancólica ‘saudade’ fruto de años de sufrimiento, Portugal parecía ser el eterno segundón de Europa incapaz de dar el salto. Cuando algunos todavía sufrían las consecuencias de aquella dictadura que sembró de miseria el país y que concluyó con la modélica Revolución de los Claveles, llegó la crisis de 2008 y el rescate financiero. Todo parecía perdido. Portugal, condenada a otro periodo de ostracismo. Pero se obró el milagro. Ayudado por el gran tirón del turismo, el país vecino comenzó a crecer y lo hizo de la mano de un primer ministro socialista totalmente pragmático que ha aplicado algunas recetas liberales que causan urticaria en sus colegas españoles. Una armónica gestión sustentada en lo mejor de las políticas de izquierdas y en otras medidas más propias de la derecha como recibir con los brazos abiertos a las fortunas extranjeras con una presión impositiva muy, pero que muy ligera.

El coronavirus ha frenado en seco esa asombrosa progresión. El primer superávit en la historia de la democracia portuguesa se convertirá en déficit. A pesar de todo, nuestros vecinos nos están dando una lección de gestión en el momento más difícil. Oposición y Gobierno van de la mano porque el socialista Costa no ha caído en las mentiras y en los errores de Sánchez. La lealtad hay que ganársela. Los hospitales están funcionando con holgura y no ha sido necesario recurrir a los de campaña. El pueblo se está comportando de forma modélica respetando estrictamente el confinamiento. La Policía vigila, pero no tiene que multar porque no hay insensatos que se ponen ‘gallitos’. Muchas empresas han mantenido su actividad cumpliendo escrupulosamente las medidas de seguridad. No todo es una arcadia feliz. Ha habido problemas en residencias como en España y también escasez de material. Pero ese “todos a una” tan vital en una crisis así se ha llevado a la práctica de manera fiel y escrupulosa.

Una pandemia como esta retrata a la clase política. Ensalza a los que están a la altura, como está sucediendo en España con Martínez-Almeida, y hunde a los mediocres, como ocurre con gran parte del Gobierno. En Portugal, el tándem de presidente y primer ministro (el conservador Rebelo de Sousa y el socialista Costa) está ganándose un lugar en la historia. Portugal y los portugueses se lo merecen. Nosotros todavía tendremos que esperar para volver a degustar el sabroso bacalao a ‘lagareiro’ de mi amigo Francisco de Entre Portas en Pinhel. El cabrito de Joaquim de El Dorado de Foios. O las ‘lulas’ (chipirones) de la cocina del Montecarlo de Vilar Formoso. Mientras tanto, ‘fique em casa’ para salir mucho más fuertes.