16 agosto 2019
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El dinero está en decadencia

22 jul 2019 / 03:00 H.
Rosalía Sánchez
De larga distancia

Las grandes empresas suelen presentar sus resultados en sesiones separadas para periodistas y para analistas. Hace ya más de tres años que pude cruzar esa frontera informativa y colarme en la presentación de una multinacional que vende electrodomésticos y tecnología, cuyo nombre no cito para no traicionar a la fuente de confianza que me facilitó el acceso. Me quedé de piedra al escuchar que anotaban como un importante logro el hecho de estar ya ganando más dinero con la venta de datos de usuarios que con la venta de teléfonos o lavadoras. Esta firma cuenta con un departamento que recaba datos de todos los que entramos en su página web para tantear cuánto puede costarnos poner por fin el aire acondicionado, de los que visitamos la tienda para comprar el deseado regalo de cumpleaños e incluso de los que pasan por delante del escaparate de sus tiendas representativas, situadas en el centro de diversas capitales, y consciente o inconscientemente dejan que su teléfono móvil se conecte con la red wifi en abierto del establecimiento. Esos datos después son troceados, mezclados, convenientemente empaquetados y utilizados para fijar estrategias de venta o precios y también son vendidos a terceros.

Levanté la mano para preguntar si todo eso era legal y me respondieron que ilegal no era. Después ha sido cubierto el vacío con una ley de protección de datos que no sirve para nada. Al menos para el usuario. Cada vez que hacemos click en el recuadro que dice “aceptar” estamos dando patente de corso y confiriendo legalidad a estas prácticas. Y ese click no solamente vulnera lo que hasta ahora entendíamos como derecho a la intimidad, al que tan alegremente estamos renunciando al vender nuestra alma a la cultura de los selfies, sino que estamos aportando nuestro granito de arena a una transición económica ya imparable.

Viktor Mayer-Schönberger, profesor en la Universidad de Oxford y uno de los mayores expertos sobre big data en Europa, insiste en que la recopilación masiva de datos es la mayor fuente de recursos del siglo XXI y explica ideas que a mí me cuesta todavía entender. Dice, por ejemplo, que el dinero está en decadencia, que no es el dinero lo que hace tan potentes a empresas como Google, Amazon o Uber, sino la explotación masiva de grandes cantidades de datos con la que logran cambiar nuestra manera de entender el transporte, el turismo, el alojamiento, la comida o el consumo. La fórmula se extiende ya, adelanta, a la sanidad, la educación y la energía. Con las empresas tecnológicas financieras, en el argot las fintechs, el capitalismo de datos sustituye al capitalismo financieros y en la década de 2020 muchos bancos habrán desaparecido. Hasta ahora basábamos las decisiones económicas en el dinero y en el precio, mientras que el nuevo elemento decisivo es la capacidad de coordinar recursos. Los algoritmos evalúan series de múltiples preferencias para identificar las mejores opciones. En 2012 el Nobel de Economía premió a Alvin Roth y Lloyd Shapley, que han estudiado posibles rediseños de los mercados. Permiten el aprendizaje automático y la retroalimentación, que analiza datos en tiempo real y corrige en el momento desviaciones en las estrategias. Mayer-Schönberger augura que en breve las empresas sobrevivirán solamente reorganizadas en dos modelos: uno en el que, siendo propietaria de los recursos para su funcionamiento estará dirigida y administrada por máquinas y otro en el que dependerán de los mecanismos del mercado tras deshacerse de sus funciones organizativa y en las que habrá que decidir qué delegan en las máquinas y cómo aprovechar el poder del mercado para mejorar su coordinación.

Thomas Pikkety vaticinó en 2014 en El capital en el siglo XXI el “final del trabajo”, pero lo que le preocupa no era eso, sino que los movimientos populistas aprovechen el big data para extender sus recetas simplistas y engañosas y perdamos la democracia. Surge un nuevo poder inquietante, a años luz del poder de los gobiernos, que actualmente se dividen entre los que proponen una respuesta distributiva, un sistema fiscal que obligue a los gigantes de internet a devolver a la sociedad parte de la cosecha, y los que prefieren una respuesta participativa, por la vía de la reconversión de los trabajadores a toda máquina. También se experimenta, como en Finlandia, con la posibilidad de una renta básica universal. Pero nadie sabe cómo poner el cascabel al gato, cómo limitar el monopolio de los gigantes, cómo obligar a que paguen impuestos en países en los que operan pero no tienen sede, como proporcionar los servicios de los que ya dependemos sin que eso suponga no ser dueños de nuestros propios datos. Y en cada click perdemos soberanía y perspectivas económicas.