14 octubre 2019
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El ciudadano

09 oct 2019 / 03:00 H.
Maite Conesa
Diario Quincenal

Amenábar cuenta muy bien su película y cuenta muy bien en su película. Pertenece a esa saga de directores que saben explicarse, que respaldan su trabajo en imágenes con la solidez de las palabras. Pocos creadores tienen que explicar tanto el por qué de su trabajo como los cineastas, caminando entre las aguas de la financiación esquiva y el deseo de convencer a sus espectadores.

También pertenece a ese grupo que mira como director y se expresa como ciudadano, con la mirada perpleja del que se siente engañado, sobrepasado por el comienzo de la violencia con la que se gesta una guerra, de las decisiones, interesadas, oportunistas, deslavazadas que llevan a ella y de las palabras que se alzan contra las imposiciones salvajes, contra la destrucción de todo lo existente, contagiadas de miedo, de extrañeza, de incredulidad. A medida que los generales llevan, inesperadamente, a Franco al poder, comienza el declive de Unamuno y de los ciudadanos libres.

Tampoco es ajena a los cineastas la protesta contra su trabajo. Buñuel corrió por las calles de París perseguido tras el estreno de sus películas surrealistas; poco después intelectuales progresistas vociferaron contra su visión de Las Hurdes y la miseria de su Tierra sin pan, hasta su censura total. Más cercana está la dolorosa peripecia de Pilar Miró, juzgada y condenada por un Tribunal Militar y por injurias a la Guardia Civil por su versión de la tortura en El crimen de Cuenca, un hecho que recuerda un reciente documental de Víctor Matellano. También, y del otro lado, el cine censura las actuaciones políticas con soltura, en las ceremonias de entrega de sus premios o en los festivales internacionales, señala a políticos, productores abusadores, y pone el dedo en injusticias y temas candentes. Incluso los festivales convulsionan y son escaparates de la realidad cruda, imparable, como cuando en el 68 la invasión rusa de Checoslovaquia azotó la cultura y el pensamiento europeo de izquierdas como un latigazo o las películas del conflicto vasco desde La pelota vasca, de Querejeta, se asomaban pidiendo permiso a las pantallas de San Sebastián.

En el caso de Mientras dure la guerra, es contra esa mirada de ciudadano que intenta explicar el pasado en este momento presente a través de un hecho simbólico y por tanto ambiguo, poliédrico, controvertido, contra la que se estrellaron los gritos que añoraban esa época del grupo que interrumpió la proyección en el Cine Lys de Valencia el pasado día tres. Y sus gritos se encontraron con las palabras de algunos espectadores que hablaron sobre su derecho de ver la sesión.

De la película me emociona ver las calles donde vivo con la presencia impresionante de los actores protagonistas, y no me gustan las pequeñas escaramuzas y figuración atropellada de las tropas. Hubiera dejado un fuera de campo permanente y omnipresente. Como toda esta historia.