24 enero 2021
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El calvo de la lotería

    Echaba de menos los “Aló presidente” de los meses de duro confinamiento, esas apariciones estelares del presidente del Gobierno que durante la pandemia nos anestesiaban entre dos o tres horas y al final, cuando terminaba de soltarnos la homilía laica, no sabías cuál era el motivo de sus interrupciones a la hora del telediario y qué es lo que nos habría querido trasladar.

    El domingo volvió -por cierto, qué malicia el que diga que Sánchez no trabaja, cuando lo hace hasta los fines de semana mientras el resto de los mortales estamos de asueto dominguero-. Estaba yo dormitando en el sofá y de pronto lo veo en la tele a eso de las seis de la tarde y casi se me sale el corazón por la boca.

    Sánchez reapareció para darnos una alegría. Quería regalarnos los oídos por Navidad con algo con lo soñamos desde principios de marzo: una vacuna contra el coronavirus. Dijo que habría 13.000 puntos de vacunación y una estrategia única para toda España. También nos contó que la Unión Europea ya ha firmado cinco contratos para más de 1.200 millones de dosis, que están negociando otros tantos y que a España le corresponden el 10% de las dosis por el porcentaje de población.

    El anuncio me dejó bastante fría. No había nada nuevo. La compra de las vacunas corre a cargo, gracias a Dios, de la Unión Europea. Sánchez y “el moñetas”, quiero decir el vicepresidente, ni pinchan ni cortan y el número de centros de vacunación coincide con el de centros de salud, que es precisamente donde se realizan cada año las campañas de vacunación contra el virus de la gripe. Nada nuevo bajo el sol del social-comunismo gobernante en España.

    Poco más tarde, cuando llegó el telediario de la noche, me di cuenta de que el extraño y precipitado anuncio del “humo vacunal” de Sánchez tenía mucho que ver con las manifestaciones masivas en las principales ciudades españolas contra la Ley Celaá, la reforma educativa más sectaria, retrógrada, involucionista, palurda y discriminatoria de cuantas hemos conocido en democracia. Un dato determinante es que es una ley que sale de los principios y gustos comunistas de la izquierda más radical y menos moderada: Podemos, ERC e incluso le gusta a los pro-etarras de Bildu, el socio prioritario de Pedro Sánchez.

    Es una ley dirigida a una minoría de este país, querámoslo o no, que es la que gobierna a una mayoría pacífica y silenciosa que no usamos más “armas” que el diálogo y el derecho al pataleo pacífico.

    Sánchez tuvo que vender la piel del oso antes de cazarlo para contrarrestar la respuesta de la calle contra el bodrio educativo que piensa aprobar y contentar así a sus socios de referencia: los golpistas, los comunistas y los que nunca han condenado ninguno de los atentados terroristas de ETA.

    Médicos y científicos próximos a la izquierda están ojipláticos con la prematura para anunciar la buena nueva, cuando ni siquiera tenemos producción de ninguna de las vacunas que están más avanzadas. Parece que progresan adecuadamente, al menos tres, pero hoy por hoy no hay nada y ya ha dicho Illa que en enero, es decir dentro de poco más de un mes, ya se empezará a vacunar. Estas son las soflamas de los radicales que siempre van encamina das a cambiar la libertad por la imposición sin que nos demos cuenta.

    Ya sabemos que los anuncios del impostor Sánchez, a ser posible en domingo y siempre para esconder alguna de sus múltiples fechorías, nunca son inocentes o llegan cargados de buenas intenciones. Si el domingo hubiera podido se habría convertido en el “calvo de la lotería” repartiendo a diestro y siniestro millones falsos.

    ¿Qué hemos hecho para merecer un presidente tan perverso, mentiroso y al que le importe tan poco España y los españoles?

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