14 agosto 2020
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Dos días en Salamanca

30 dic 2019 / 03:00 H.

Del zurrón de Papá Noel salió una edición antigua de “Dos días en Salamanca”, la obra que Pedro Antonio de Alarcón publicó primero, entre diciembre de 1878 y abril de 1879, en la revista “La Ilustración Española y Americana” y, después, en 1883, dentro de sus “Viajes por España”. El librito, un alivio en estos días de empachos, no tardó en ser engullido por el destinatario del regalo. Y de esa digestión quiero darles cuenta hoy, anestesiado aún por el amable ambiente navideño, que invita a dejar a un lado las sombras que aparecen en este inquietante fin de año.

El libro es la crónica de un viaje, o una “expedición artístico-poética”, que Pedro Antonio de Alarcón, entonces uno de los más populares novelistas españoles, realizó a Salamanca en octubre de 1877 acompañado de tres amigos: el ex ministro de Hacienda Servando Ruiz Muñoz, el diplomático José España y el pintor Dióscoro Puebla. Acababa de abrirse la posibilidad de llegar en tren a Salamanca, pues solo un mes antes, el 8 de septiembre, se había inaugurado la línea ferroviaria Medina del Campo-Salamanca, que permitía el enlace con Madrid. No es que fuera un viaje rápido: los excursionistas salieron de Madrid en el tren de Irún a las nueve y media de la noche, alcanzaron Medina del Campo a las cinco de la mañana y, tras una hora de parada y fonda, enlazaron con el tren que les dejó en la estación de Salamanca a las nueve y media de la mañana del 10 de octubre. Sin embargo, la cuadrilla de amigos no estaba dispuesta a desperdiciar la ocasión de conocer Salamanca, “Madre de las Virtudes y de las Ciencias”, “hoy que la locomotora la ha puesto, como quien dice, a las puertas de Madrid”.

La obrita tiene detalles encantadores. Así, el temor de los viajeros a no hallar un buen alojamiento (una “fonda vividera”) o una comida suculenta, y el excelente acomodo que encontraron en el “Hotel del Comercio”, ubicado entonces en el solar donde décadas más tarde se construyó el Banco de España: “¡Qué tortilla! ¡Qué truchas! ¡Qué jamón! Y ¡qué peras... de cristal!”. Resulta también muy divertido cómo los viajeros madrileños fueron sucesivamente recibidos, acompañados y agasajados por diversos notables salmantinos: el escritor Ramón Losada, el historiador Manuel Villar y Macías, el obispo Narciso Martínez Izquierdo, el gobernador civil y escritor también Carlos Frontaura, el chantre de la catedral don Camilo Álvarez de Castro, propietario de una casa magnífica apoyada sobre la muralla y con vistas al Tormes, y los políticos Álvaro Gil Sanz y Santiago Diego Madrazo.

También llaman la atención las variaciones en el gusto estético dominante entre aquella época, en la que lo barroco venía a encarnar lo detestable, y la nuestra, más dada a valorar el mérito de cada obra artística en el contexto en el que fue creada. Así, a Alarcón y a sus acompañantes les entusiasmaron los palacios del Renacimiento (la Casa de las Conchas, Fonseca, la Universidad), la Catedral Vieja y algo menos la Catedral Nueva (“muy hermosa, aunque no comparable, perdonen los salmantinos, con la de Toledo, con la de Sevilla, ni con la de Burgos”). Pero no disfrutaron tanto o no disfrutaron nada de los edificios barrocos o churriguerescos: en la Plaza Mayor encontraron ornamentación “barroca y pesada”, “desproporción entre los huecos y los macizos”, aunque también un aspecto general “noble, rico, decoroso, hasta regio”. Por su parte, el edificio de la Clerecía les pareció solo “grandioso por el grandor material de su tamaño”, pero “gigantesco, descompasado, descomunal”.

Naturalmente, la Salamanca de entonces difiere mucho de la que se ofrece hoy a los ojos del visitante. Salvo en el eje que conectaba las catedrales con la Rúa y el “Corrillo de la Hierba” (donde admiraron el bullicio de muchos tipos populares), la vida se desarrollaba al norte de la Plaza Mayor y la calle Zamora era “la mejor de Salamanca”. Muchas zonas aparecían ruinosas y desoladas, sin apenas gente que la cruzase: el trayecto entre el Corrillo y la Compañía, entre la plaza de Anaya y San Esteban, entre Santo Domingo y el río, las horrendas Peñuelas de San Blas...

En estos días en los que Salamanca vuelve a batir récords de turistas y nuestros hosteleros celebran de nuevo las magníficas previsiones para la Nochevieja, les recomiendo que acudan a este ejemplo de viaje ilustrado de hace casi siglo y medio y que disfruten con su prosa amena y bienhumorada. Y de paso tomen ejemplo y viajen, viajen donde puedan y en la mejor compañía. Y en cualquier caso, hagan todo lo posible por ser felices, tanto en estas fechas como en ese veinte-veinte que ya asoma.