23 junio 2019
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Donde la procesión va por dentro

17 abr 2019 / 03:00 H.
Juan Antonio García Iglesias
Visto desde fuera

Ya emprendimos el camino y por él andamos, vía dolorosa adelante. Sí, pero ¿por cuál de las dos, por la religiosa o por la política? Por la menos dolorosa, sin duda. Imagínensela. Miren, Salamanca está que rebosa de gente, andar por la calle es tarea incómoda, pero llevadera, la animación ayuda y con dejarse llevar se avanza. El turismo mueve dinero y es riqueza. El sector hostelero prevé para mañana jueves y el viernes una ocupación del 94 por ciento, superior a la que tuvo el año pasado, y Tráfico calcula 1.900.000 desplazamientos por carretera sólo en Castilla y León, de los que 186.000 cruzarán nuestra provincia. De éstos, algunos miles harán en Salamanca parada, fonda y demás. De hecho ya se nota.

La Semana Santa mantiene el tirón y no hay campaña por muy electoral que sea que lo frene, así que, adelante con los faroles y a perderse entre procesiones, que en estos días es lo suyo. Todo lo demás está fuera de tiempo y de lugar por mucho ruido que hagan y se esfuercen en hacerse oír. La gente está en lo que tiene que estar.

Ahora bien, la Semana Santa se siente y se vive de muchas maneras. Los hay que no quieren saber nada y huyen a la playa, los hay que se meten de lleno en la bulla procesional y de ahí no salen, también quienes buscan el silencio de los claustros y se retiran del mundanal ruido, y esos que se mueven entre lo mucho de atractivo que tiene el trajín cofradiero. Hemos hecho con la tradición un mercado a costa de convertir el patrimonio en una mercancía que sólo vale si se exhibe, tanto más cuanto más pintoresco resulte.

La Semana Santa es un ejemplo de ello y allí donde pueden la venden, la pregonan o aspiran a pregonarla (según las aspiraciones y sus posibilidades) como Fiesta de Interés Turístico Provincial, Regional, Nacional, Internacional..., la pasean con mucha ostentación y dejan la esencia religiosa que motiva esta festividad en un segundo lugar, mostrándose solo lo externo, que para el negocio es lo único que vale. Lo demás está bien, pero no vende, por tanto se arrincona en las iglesias y si a alguien le interesa que lo busque.

Pues una inmensa iglesia es durante toda esta semana el espacio rural de la España vacía pero no muerta, allí donde lo verdadero es norma, la fidelidad a la tradición y la fe son una misma cosa y todo sobrevive a las circunstancias por adversas que sean; donde las procesiones van por dentro, se oyen las verdades del barquero sin necesidad de que nadie las cante porque saltan a los sentidos y no asoma un político ni por equivocación.

Soy de los que estos santos días prefieren perderse por la España vacía, donde sin buscar nada se encuentran todo porque sobre la marcha les sale al encuentro. Aquí no hay parafernalia que valga porque no hay espectadores y si alguien se acerca lo hace con el ánimo de compartir y no con el afán de acaparar, que es el que atrae a la multitud.

Un Viernes Santo de hace ya muchos años fui a Bercianos de Aliste a ver la procesión que llaman de las mortajas. En el pueblo, sin apreturas, cabíamos todos, también quienes acudimos con la idea de compartir con los lugareños su peculiar celebración. Volví dos décadas después, allí no cabía un alma más y la actitud era otra, la del afán de acaparar. Los de allí pedían a los visitantes respeto, que no solo consiste en guardar las formas, también las distancias, empeño imposible por falta de espacio, mientras los penitentes avanzaban como si nadie les observase, pero no era lo mismo. Otro viernes santo, en un lugar de La Moraña abulense del que no recuerdo el nombre, vi algo que me llamó la atención, en mitad del campo una procesión sin cura ni nada más que lo imprescindible marchaba tras una humilde cruz de guía, solo se oía el rezo de los participantes, no más de cien, vecinos de algún pueblo de por allí. Me extrañó el elevado número de estandartes en comparación con el de personas, pero tenía una explicación que saltaba a la vista: la del despoblamiento. Aquella estampa la recuerdo como el espíritu recogido de esa España sin ruidos donde todo se celebra puertas adentro, no cerradas, puertas donde las haya, no en el campo, donde no las ha habido nunca. Y puertas adentro (en San Juan de Sahagún) se pronunciaron las Siete Palabras de Cristo en la Cruz por boca de un médico, una filóloga, un cantante, un capuchino, un periodista, una historiadora y un teólogo, palabras que sonaron como siete golpes de pecho y llenaron el templo de fieles que acudimos con el ánimo de compartir, mientras el Cristo de los Doctrinos llenaba a su paso las calles de espectadores con el afán de acaparar, aquellos llevábamos la procesión por dentro, estos por fuera.