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La emisión en Telecinco del documental ‘Dolores: la verdad sobre el caso Wanninkhof’ después de que el pasado año se lanzara en la plataforma HBO, ha reabierto de nuevo el debate sobre el error más garrafal cometido en la historia judicial de España. Lo más sangrante de todo es que la gallega que pasó 519 días en prisión de forma injusta todavía no ha recibido una compensación por ello. Es más, el Tribunal Supremo asegura que ni tan siquiera tiene derecho a ella. Su doctrina desde 2010 indica que solo podrán percibir una indemnización los que hayan sido acusados de un delito que finalmente no se cometió. Como el asesinato de Rocío Wanninkhof sí se produjo aunque Dolores no fue la autora, no hay razón para resarcirla del daño causado. Absolutamente demencial.

Aunque el asunto tenga su lado sensacionalista para llenar horas de televisión y aumentar el ‘share’, lo cierto es que cada poco tiempo debería rememorarse para que jamás volviera a pasar. Hay que recordar que no sucedió en la prehistoria, sino en 2003. Además, el caso se reabrió por una trágica carambola. La aparición del cuerpo sin vida de la joven Sonia Carabantes en Coín llevó hasta el verdadero asesino de Rocío, un depredador criminal llamado Tony Alexander King. Si la investigación y la instrucción se hubieran realizado como Dios manda, Dolores Vázquez no hubiera pasado 519 días en la cárcel y Sonia Carabantes estaría viva. Y todo por las apariencias, los prejuicios, la influencia de la televisión y los juicios paralelos.

En el documental resulta desmoralizante escuchar al fiscal asegurar que el caso estaba “redondeado” cuando apareció un tejido en el lugar del crimen de una prenda que podía ser de Dolores Vázquez o de otros dos millones de españoles. La Guardia Civil, que siempre realiza un trabajo ejemplar y modélico, se columpió. Se optó por un jurado popular cuando sus miembros reconocen que no estaban preparados para ello y se encontraban influenciados por lo que escuchaban en televisión. Y la clave de todo es que los investigadores se centraron en la relación sentimental que Dolores mantuvo con la madre de Rocío Wanninkhof en lugar de dedicarse a buscar pruebas.

Fue un claro ejemplo de que el juicio mediático se impuso al que se celebró en la Audiencia de Málaga. La ausencia total de garantías que hay en las tertulias de los charlatanes que sueltan lindezas en la ‘caja tonta’, se aplicó en una sede judicial. Eso jamás puede volver a pasar. Como tampoco que un caso que acapara horas y horas y páginas y páginas en los medios de comunicación vuelva a contar con un jurado popular. A día de hoy Dolores Vázquez no ha recibido ni una sola disculpa de aquellos que expulsaron su bilis contra ella influenciando claramente el devenir de los acontecimientos. En esta nómina tenemos a María Teresa Campos, otrora ‘reina de las mañanas’. Esta supuesta periodista llegó a decir que Dolores tenía “cara de mala persona”. Y se quedó todavía más ancha. Peor fue el caso del insigne autor Juan Manuel de Prada y su impresentable artículo titulado “Amor estéril” en ABC. En él venía a decir que detrás de la supuesta maldad de la gallega estaba su condición de lesbiana. “Lo hizo borrando el aliento de la belleza, que era algo que su amor estéril jamás podría incorporar al mundo”, llegó a vomitar en el año 2000 este señor. No se puede ser más abyecto. Y eso por no hablar del ínclito Ángel Acebes, funesto ministro del Interior y hoy viviendo a cuerpo de rey en una gran compañía. Años antes de poner en bandeja el triunfo de ZP por su nefasta gestión del 11M, aseguró que Dolores “reunía el perfil delincuencial más verosímil”. Todos estos individuos deberían, como mínimo, haber pedido perdón, pero no han tenido el coraje de hacerlo porque desconocen esa palabra.

Queda claro que recordar el caso de Dolores Vázquez es una obligación moral para que nuestro sistema no vuelva a hacer aguas de la forma más cruel y despiadada.

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