21 enero 2020
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Después de Messi

10 dic 2019 / 03:00 H.
Juan Mari Montes
Cuaderno de dudas

En la temporada 2013-2014, Guardiola fichó por el Bayern queriendo demostrar al mundo que él era el artífice de aquellos títulos del Barça. Lo cierto es que al mismo tiempo que el exentrenador azulgrana mataba de aburrimiento a toda la afición germana con tanto pase horizontal, el Barça siguió ganando. Esa misma temporada, se retiró el fantástico Puyol y Víctor Valdés anunció que se marchaba buscando nuevos retos pero el Barça siguió conquistando títulos. Un año más tarde el club de los presuntos valores, le dio la patada a Pedrito que fichó por el Chelsea y el Barcelona tampoco le echó de menos. En 2015, Xavi Hernández se marchó a Catar a pontificar sobre la cantidad de pases anodinos que son necesarios para que a un equipo pueda adjudicársele el adjetivo de sublime y a emitir tremebundas sandeces alabando el régimen autoritario que le mantiene en nómina mientras denigraba al de la camiseta nacional que tantas veces vistió, pero el Barça siguió ganando. Ya en 2018, el genial Andrés Iniesta se marchó a Japón a maravillar con sus regates a los orientales y a probar el pescado crudo. Pero, efectivamente, el Barça siguió ganando.

Es natural, que cuando el otro día le entregaban el sexto balón de oro a Leo Messi y el jugador recordaba que pronto se retirará, a los buenos aficionados barcelonistas que lo soñaban eterno, les comenzasen a temblar las piernas, sabiendo que se acerca el momento crítico: comprobar que efectivamente Messi era el máximo responsable de todos esos metales brillantes que durante los últimos años han ido acumulándose en las vitrinas del club catalán.

Intentando evitar la depresión generalizada que se avecina, habrá que comenzar a dar cursillos entre la afición barcelonista para que vayan asimilando que la retirada de Messi no es más que un punto de inflexión. Habrá que prepararle para que vayan aceptando que pronto no estará su omnipresente Dios sobre el césped y que tardará en nacer otro, si es que nace, capaz de driblar a cinco contrarios al borde del área, servir un balón desde treinta metros para dejar solo ante el portero a cualquier compañero o lanzar esa falta inverosímil que se cuela por la escuadra dejándonos a todos con la boca bien abierta.