14 mayo 2021
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Desconfianza

12 abr 2021 / 03:00 H.

    La desconfianza es un obstáculo complicado de salvar en todos los órdenes de la vida. Suele tener un origen. Una chispa que prende la mecha. Una pequeña bola de nieve que se convierte en un alud que arrolla todo lo que encuentra a su paso. Está ocurriendo con la vacuna de AstraZeneca. El suero anglo-sueco provoca recelos en una parte importante de la población. Y si alguien no es el responsable de esas suspicacias es precisamente el sufrido ciudadano.

    Soy un defensor a ultranza de las vacunas e incluso abogué por su obligatoriedad cuando las encuestas hablaban de un porcentaje muy alto de ‘insumisión’. Pero al mismo tiempo comprendo que el miedo es libre, y mucho más cuando nos han vuelto locos con un sinfín de volantazos, rectificaciones y cambios de criterio que desconciertan a los propios científicos. Si la Unión Europea está haciendo agua en la campaña de vacunación desde el momento en el que tuvo que negociar con las farmacéuticas, el caso de AstraZeneca es la gota que ha colmado el vaso. Las cabezas pensantes de Bruselas son una absoluta escoria. Unos insensatos que están jugando con nuestras vidas y nuestros bolsillos. Comprendo que dirigentes como el húngaro Viktor Orbán prefieran ir por libre y den una patada a esa caterva de indeseables que encadenan fracaso tras fracaso. No solo ha ocurrido en Hungría, también en República Checa y Eslovaquia donde han adquirido por su cuenta la Sputnik V pasando olímpicamente de los pasmados de la Comisión Europea. Estos países son los que realmente se han anticipado al ver que Bruselas optaba por el regateo en la compra de vacunas en lugar de usar la estrategia israelí: ser insistente y pagar lo que haga falta asumiendo que es una inversión que salva vidas y negocios.

    La ciencia nos dice que la vacuna de AstraZeneca es segura. Que hay más posibilidades de sufrir un efecto secundario grave tomando un paracetamol que recibiendo el suero estudiado en la Universidad de Oxford. Nadie sensato pone en duda eso y ningún político o estómago agradecido de la Agencia Europea del Medicamento (EMA) debería hacerlo. Si el ensayo clínico de esta vacuna se realizó en personas de 18 a 55 años y posteriormente se demostró su eficacia en adultos de hasta 65 años, ese debería ser el criterio para inocularla. No lo digo yo, lo dicen los científicos que se muestran desconcertados con la polémica. Sin embargo, a partir de este momento todo fue un sinsentido. Primero algunos países la suspendieron. Después del informe favorable de la EMA, la mayoría la recuperó. La cosa parecía enderezarse hasta que llegó el momento clave en esta polémica. Un experto de la dichosa supervisora de los medicamentos soltó como si tal cosa que había un vínculo “claro” entre AstraZeneca y los trombos. Después de esa bomba, solo había dos posibilidades. O que el tal Marco Cavalieri fuera fulminado por haber faltado a la verdad, o que la UE pusiera orden en la EMA para aclarar el desaguisado. Nada de eso pasó y cada país empezó a tomar decisiones por libre y no sé muy bien si asesorados por expertos de verdad o por los palmeros que pululan a su alrededor.

    La mecha de la desconfianza había prendido y poco influyó ya la decisión que tomó la consejera de Sanidad de Castilla y León, Verónica Casado. Un paso del que critico las formas (debería haberlo consensuado con el comité de expertos y, por supuesto, con el presidente Mañueco) pero no el fondo. Si en las próximas horas iba a haber un cambio de criterio como finalmente hubo, era lógico parar hasta que las cosas se aclararan de una santa vez.

    Lo peor es que nada se ha clarificado y ahora es muy complicado convencer a aquellos que califican a AstraZeneca como la “vacuna mala” de que no es así. Me parece una buena idea la propuesta de Madrid de abrir el suero a todos aquellos menores de 60 años que decidan ponérsela voluntariamente. Es una forma de tapar ese roto generado por el preocupante número de personas que en la capital de España se negaron a recibir este fármaco el viernes. Lo que está claro es que lo único que puede frenar esa escalada de desconfianza es decir la verdad y establecer un criterio único. Que sean francos, sinceros y transparentes, y al mismo tiempo acaben con los volantazos que han provocado una crisis sin precedentes.

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