26 noviembre 2021
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Del pije a la pija

02 oct 2021 / 03:00 H.

    A Salvador Allende le llamaban “el pije” por la forma de vestir. “La izquierda no necesita líderes mal vestidos sino gente consciente”, decía, y en eso tenía razón. Santiago Carrillo siempre vistió con traje y siempre fue Carrillo. Pero llegó otra generación empeñada en asociar izquierda con el mal vestir, y el propio Felipe González se encargó de darle credibilidad, con la pana para los mítines; luego el que llevaba palestina era más de izquierda y el colmo fue Fidel Castro, que impuso el chándal como la prenda mitinera, del pueblo, y eso que todavía no la había universalizado Chenoa para llorar a Bisbal. Luego llegaron las rastas a nuestro parlamento.

    Ahora, como la fórmula Podemos va a la baja, volvemos a la elegancia de la izquierda y hasta Pablo Iglesias va arreglado. Es la fórmula de aquellos que han decidido ir contra el manual del mal vestir de los ‘morados’. Ese impulsado por Ione Belarra y que recoge que las mujeres no deben ir “primorosamente arregladas” porque se sexualiza su imagen. Donde pide fotos de partido con cuota: no solo una mujer por cada hombre, sino también una gorda por cada delgada. ¿No es denunciable que no pidiera un gordo por cada delgado o un feo por cada guapo? ¿No es machista un manual centrado en la mujer?

    La izquierda es del pueblo y el pueblo es diverso y Ione Belarra quiere, y eso es plausible, un partido fiel reflejo de la realidad social... pero solo en lo físico. Hay que apartar los “cánones de belleza establecidos”, decía, y en lugar de intentar “feminizar” a la mujer hay que “despatriarcalizar”. Ser todas ‘adas colaus’ para que el mensaje -si lo hay- no se desvirtúe. Para que la mirada no se despiste. Así no se despistaba, no.

    Pero se le escapó Irene Montero, convertida en modelo de revista desde que se compró el casoplón. Y, sobre todo, Yolanda Díaz, que siempre fue “primorosamente arreglada” pero además desde que llegó a Madrid, con gusto. De morena pasó a rubia, siguió delgada, y con tendencia al blanco, que transmite inocencia y pureza. Y cada vez destaca más en tanta mesa de diálogo “masculinizada” y entre tantos “egos” que denuncia encontrarse. Y luego tiene ese lenguaje interesante. Habla de su experiencia en “multiplicidad de opciones de formulaciones en proyectos políticos” y quien la entrevista solo dice “ah”. Y no habla, susurra, como si nunca hubiera roto un plato. Como si fueran mentira los duros enfrentamientos que tuvo en Galicia con Feijóo que acabó despidiéndola con un “los arrogantes suben muy rápido y también bajan rápido”.

    Pero desde que está en Madrid, Yolanda es el consenso y la víctima de negociaciones masculinizadas. Ella, como Mónica García -médico y madre- agradan a la izquierda y no molestan en exceso a una derecha que siempre ha pensado que la economía la manejan mejor los que tienen dinero y no los que se visten como perroflautas.

    Y así en el escenario político nos encontramos con que hay una mujer que se llama Yolanda Díaz que aspira a ser la próxima presidenta del Gobierno con el apoyo de una subcontrata temporal de partidos, aunque ella haya limitado la utilización de esta figura. Una política que dice que no le importa marcharse cuando siempre ha estado ahí y que encima consigue que la crean. Una mujer que se ha encontrado el apoyo del propio Sánchez para crecer porque el presidente está interesado en que devore a Podemos. Y una mujer que lleva meses haciendo campaña a costa del PSOE y que ganó, por ejemplo, la batalla del Prat. Una mujer que ha sido capaz de dejar a Irene Montero sin el ‘título’ de lideresa del lenguaje inclusivo porque el nombre de “matria” se lo inventó ella... y que amenaza con que si esto se pone feo, se va y bien saben en Galicia que es un farol.

    “Sigo siendo la misma persona de antes, solo que con ropa mejor”, que decían en “El diablo viste de Prada”. Y Yolanda Díaz es la de siempre: comunista de cuna y marxista convencida, igual que Errejón, sin chándal, es el gran defensor de lo bien que se come en Venezuela. La izquierda se cayetaniza y parte de la derecha se olvida de que es comunista. Tanto, que incluso después de que Yolanda Díaz prorrogara el Manifiesto Comunista de Marx y Engels obtuvo en el CIS una nota aceptable entre los votantes despistados del PP.

    Yolanda es la de siempre, esa niña emocionada porque a los 4 años vio a Carrillo; la misma que despidió a Castro con un sentido ‘con él caminarán los pueblos, hasta siempre comandante’; y la que intenta extender su proyecto de país que se basa en que ‘el comunismo es la democracia y la igualdad’. Comunismo viejo con ropa nueva. No será presidenta del Gobierno, imposible, dicen los que no reparan en que esta marxista convencida es nuestra vicepresidenta y ministra de Trabajo.

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