05 agosto 2020
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Debe de ser primavera

24 mar 2020 / 03:00 H.
Juan Mari Montes
Cuaderno de dudas

Como otras tardes, se recostó en el sofá y encendió el televisor. En la 1 emitían una aburridísima película en la que un padre intentaba ayudar a su hija con los deberes. Se trataba de un ejercicio de física y química, en el que había que averiguar la molaridad de una disolución que contenía 58,8 gramos de yoduro de calcio por litro. Aquel problema, le resultaba tan enrevesado, siendo él de letras, que a los pocos minutos se quedó dormido antes de saber si el padre y su hija conseguían resolver la ecuación.

El caso es que quizá porque esos días estaba un poco estresado, al poco de dormirse comenzó a tener una terrible pesadilla muy lejana a aquella escena cotidiana y familiar que tanto se parecía a la que él mismo podía vivir cada día ayudando a su hija con los deberes. Un extraño virus detectado por primera vez en un mercado de comida de alguna ciudad china, donde se vendían mariscos y carne, se estaba extendiendo por todo el mundo a un ritmo vertiginoso, y ya había alcanzado a unos 160 países, registrando muertos en muchos de ellos. Los distintos gobiernos de muchos de estos países habían decretado el estado de alarma confinando a toda su población en sus casas, al mismo tiempo que los profesionales sanitarios luchaban por salvar la mayor cantidad de vidas posibles, entre los infectados que cada día llegaban a los hospitales, muchos de ellos completamente desbordados.

Fue entonces cuando escuchó a su mujer que le despertaba e intentaba tranquilizarlo tras advertir sus temblores y el sudor frío que le cubría toda la cara. El corazón le latía completamente acelerado. “¿Otra de tus pesadillas?” le preguntó su mujer. “Sí, -le contestó él- y mejor no te la cuento. Era increíble y terrorífica esta vez no parecía como otras una nebulosa película de serie B, entre la ciencia ficción y el terror más absoluto, sino que se presentó absolutamente real como si sucediera aquí mismo. Podía contemplar los detalles más insospechados”.

Ella le cogió la mano y se sentó a su lado y los dos siguieron viendo aquella aburridísima película familiar.

En la pantalla, el padre y su hija habían conseguido resolver el galimatías químico y ahora corrían por un campo verde lleno de flores. Acababa de llegar la primavera.