17 septiembre 2020
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De nuevo somos los peores del mundo

09 ago 2020 / 03:00 H.

    De nuevo, somos los peores del mundo. El Gobierno sanchista, que ya alcanzó el dudoso honor de liderar la lista de los más torpes en la gestión de la pandemia en la primera oleada, ha conseguido que España esté también al frente de la lista de los más torpes a la hora de combatir los rebrotes.

    Lo que está ocurriendo en nuestro país denota que no hemos aprendido nada de los gravísimos errores cometidos desde mediados de febrero a finales de mayo. Se han tomado muchas decisiones equivocadas y las medidas más necesarias y urgentes no es están adoptando. En esta segunda ola, a la probada ineptitud del Ejecutivo sanchista-bolivariano se ha unido la falta de recursos legales, la lentitud y la torpeza de los responsables de las autonomías, a las que Sánchez pasó la patata caliente de la gestión de la pandemia sin asegurarse una mínima coordinación ni dotarlas de los instrumentos necesarios para vigilar a la población.

    En el resto del mundo están sorprendidos de que un país desarrollado, con una sanidad de alto nivel, esté alcanzando tales cotas de incompetencia a la hora de sujetar la expansión del coronavirus. Por ahí fuera no lo entienden, pero los españoles que conocemos el percal sabemos que con un ejecutivo social comunista como el nuestro, esto solo puede ir a peor.

    Tal y como han señalado veinte expertos mundiales en gestión sanitaria (todos españoles) sería conveniente empezar por encargar un informe independiente a un grupo de científicos que analicen los gravísimos errores cometidos en la primera y terrible oleada de COVID-19 en nuestro país, para no volverlos a repetir. Un estudio tan necesario como imposible: ¡cómo va encomendar ese análisis de los fallos un Gobierno que no reconoce haber cometido ninguno y cuyos miembros se revientan las manos para aplaudir a un presidente aupado sobre una montaña de cincuenta mil cadáveres!

    El ministro de Sanidad, el filósofo Illa, anunció en su día que exigiría a las autonomías un número suficiente de rastreadores antes de suspender el estado de alarma. Pues bien, hemos aterrizado en esa falsa “nueva normalidad” y siguen faltando rastreadores y sigue sin haber una app que facilite el seguimiento de los enfermos.

    A pesar de que desde el inicio de la nueva escalada las autoridades conocen a la perfección el origen de la gran mayoría de los brotes (botellones, reuniones familiares y de amigos, ocio nocturno descontrolado, relajación de las medidas sanitarias en las residencias...) no se ha tomado ninguna medida valiente y eficaz para limitar la expansión descontrolada del virus, que se está produciendo ya, diga lo que diga el pobrecito Simón. No se han prohibido, ni siquiera limitado, las reuniones sociales y no se están aplicando sanciones duras y públicas a los muchos ciudadanos que ponen en peligro la vida y la economía de todos con su comportamiento irresponsable (las multas impuestas durante el estado de alarma fueron archivadas y la sensación de impunidad se ha generalizado). Si tenemos que estar unas semanas o meses más sin abrazar a nuestras personas más cercanas, podremos soportarlo. Eso no dañaría la economía como sí lo está haciendo de manera irremediable la imagen de España como peor país del mundo en caída de PIB, muertos por habitante, sanitarios enfermos, contagiados y rebrotes.

    Y lo peor es que este Gobierno preocupado de la propaganda y ocupado en la destrucción del régimen democrático más que de cualquier otra cosa, ha demostrado su radical incapacidad para afrontar el reto del coronavirus. Hay quien le echa la culpa al ‘desmadre’ de la gente, y algo de eso hay, pero esa falta de civismo se debe en buena parte a la falta de credibilidad de un Ejecutivo que miente, que nos sigue engañando con las cifras de muertos, que alardea de que todo va bien, que sigue ocultando la realidad de una situación de nuevo limítrofe con el colapso sanitario y económico. Somos los peores y nos lo estamos ganando a pulso.