19 septiembre 2020
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De esta España de siempre

11 ago 2020 / 03:00 H.

    Es la España negra de Solana, la no menos negra de las pinturas de Goya, la esperpéntica de Valle, la brumosa y sórdida de Baroja, por la que viajaron Emile Verjaeren y Darío de Regollos para descubrirnos juntos lo que ya sabíamos por otros que se adelantaron a ellos; la taurina de Bergamín y Picasso, la tertuliana de Gómez de la Serna, la sublime de Cervantes, Santa Teresa o Quevedo..., la sainetesca y farandulera de los inspiradores del género chico, la garbancera de Galdós, la polifónica de Falla, Guridi, Vives, pero también de Serrat, Cecilia, Sabina..., la trágica de Lorca, Muñoz Seca y Miguel Hernández, la monárquica y aristocrática de Romanones, la republicana del Frente Popular, extremo al que nos acercamos peligrosamente con el riesgo de que España deje de serlo, empeño harto difícil de conseguir dado el aglutinante que nos compacta pese a ser un viejo anhelo que arrastramos casi desde la toma de Granada, en fin, es la España de cualquiera que metió las narices en ella, husmeó en sus entrañas y aguantó la respiración hasta hacerse la idea de que todo ello no era fruto de una coincidencia casual, de un golpe de efecto puntual, sino de una forma de ser y de concebir la vida.

    Da igual quién nos gobierne o intente aparentar que nos gobierna, el panorama no varía y si lo hace es para empeorar una imagen que nos persigue allá por donde nos llevan y nos dejamos llevar entre tópicos, reafirmándonos en ellos. El momento actual lo clava. Que no tenemos remedio, el día a día de nuestra cerril actualidad lo confirma. Así somos, ya lo dijo el Canciller de Hierro, a quien se le atribuye la sentencia (que puede ser cierta que lo dijera

    o no, da igual) por la que estaba firmemente convencido de que “España era el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse y todavía no lo ha conseguido”.

    Pues estamos en unos momentos en los que se ha vuelto a la carga. Su principal instigador, Pablo Iglesias, hace agua todo él y a su casoplón le están saliendo goteras por todas partes, sus asuntos no le van bien, anda de los nervios y busca desesperadamente una salida, que pasa por destruirlo todo. Él no ha llegado hasta donde ni soñaba llegar para que se lo echen a perder.

    Pero esto no es solo problema suyo, también lo es de Sánchez, a quien le debe a su vicepresidente segundo la tranquilidad que ha gozado hasta ahora y ve que se le acaba, crispándole a la vez, algo que afecta al resto de los comprometidos en esta causa común que al resto nos trae de cabeza y en la que nos jugamos más que ellos, nuestra libertad, que es mucho más que todo, algo que a ellos poco o nada preocupa viendo el modelo que los motiva y que están dispuestos a no abandonar pase lo que pase, para lo que si es necesario buscar apoyo entre quienes prefirieron dejar al margen por razones de apariencias y poder volver a las andadas sin riesgos que correr.

    Lo cierto es que nunca tuvo España tantos enemigos dentro como ahora, ni durante las guerras carlistas del XIX sumaron tantos ni tan peligrosos. Además, aquellos se jugaban la vida en los campos de batalla, estos no, lo más que se juegan es su oportunidad política, en la que les va la vida, pero nada más, lo que les anima a no cejar en el empeño sino en lo contrario al ver la solidez que les garantiza sus colegas bolivarianos de esta América Latina obsesionada por el pasado, por la revisión histórica y la reubicación geográfica a uno y otro lado del Océano. A esto me referí en otra ocasión reciente aludiendo al periodista argentino, Andrés Oppenheimer, posiblemente el hombre más puesto al día en este asunto, por ello todo cuanto comenta al respecto va a misa en su también citado libro “¡Basta de historias!”, de las que una de ellas podría entenderse como la de esta España empeñada en seguir siendo lo que siempre fue, una víctima incorregible de sí misma.