14 octubre 2019
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De aquella guerra perdurable

11 oct 2019 / 03:00 H.
Juan Antonio García Iglesias
Visto desde fuera

Antes que nada, quiero recordar una frase de Unamuno que refleja la grandeza de su pensamiento y la integridad de su persona, porque Unamuno era sincero consigo mismo y, en consecuencia, sincero con cuanto decía a sabiendas de lo que podía esperarle, lo que a cualquiera que en este desdichado país tenga el coraje de ir por la vida con la verdad por delante. El paredón. Habló Unamuno y dijo esto: “Antes la verdad que la paz”. Hay que tener valor para decirlo, más aún por el contexto histórico en que lo dijo.

He preferido dejar pasar unos días porque escribir en caliente sobre temas concretos, por muy de actualidad que estuviesen en su momento, no me pareció recomendable hacerlo, aunque ahora, por razón de la fecha (mañana es 12 de octubre, octogésimo tercer aniversario del tan magreado episodio del Paraninfo, para muchos no hubo más guerra civil que aquella, siendo lo demás relleno, guerra [aquella] que aún dura y que ni siquiera fue como la cuentan al encargarse otros de distorsionarlo, pero suena muy bien, conque buena gana de privarse y de privarnos, de darse y de tratar de darnos ese gustazo) y el motivo del tema haya recuperado su actualidad (nunca del todo perdida), pero fuera ya del momento y del ambiente que me hicieron no escribir entonces de “Mientras dure la guerra”, la película en parte rodada en Salamanca (que dudo atraiga visitantes, porque el escenario urbano que percibí me pareció demasiado sombrío a veces, solitario y triste para ser atractivo), película que no me perdí interesado por el Unamuno (versión Amenábar) que en ella ví, oí y aprecié.

No soy persona asidua a las salas de cine y la última vez que acudí a una de ellas fue hace ya tiempo para ver otra película en la que Unamuno también centraba el argumento, me refiero a “La isla del viento”. De ambas me importaba sólo el personaje central sobre el que se movían sendas tramas, el entorno influyente y poco o nada más.

De Unamuno no pretendo descubrir ni decir nada nuevo, de él está todo o casi todo descubierto y todo o casi todo dicho, pero como he leído más, muchísimo más, a Unamuno que a quienes de él escriben, tengo mi propia idea de este hombre peculiarísimo, dispar y complicado, de personalidad inflexible y temperamento indómito, de muy difícil análisis, limitándome a no profundizar en alguien inabarcable.

La verdad es que esperaba ver otra cosa y lo que vi no me desagradó. El Unamuno de Alejandro Amenábar en nada se parece al de Manuel Menchón. Este de ahora (el de “Mientras dure la guerra”) es mucho más cercano a la idea que me hice y tengo de él que aquel otro (el de “La isla del viento”), un hombre atormentado, poseído por el pánico, a quien le espantaba todo cuanto veía a su alrededor, siempre crispado, un horror de personaje, desagradable en extremo, que me resultó insoportable al estar seguro de que no era así. Su fondo humano, cuando se hurga en él, resulta hasta enternecedor no obstante su carácter a veces huraño, sus prontos, sus asperezas..., puro instinto. Se aprecian en sus expresiones golpes de humor que entran por los sentidos como puntazos de una inteligencia agudísima, a veces reía y también lloraba, porque Unamuno era, sobre todo, persona, algo que no era fácil ser en aquellas circunstancias que le tocaron vivir.

Aparte de los errores e imprecisiones que se aprecian en el desarrollo histórico por el que se desenvuelven quienes le dan vida, errores e imprecisiones de los ni sé ni me importan sus causas y sus motivos, porque al fin y al cabo el cine es ficción que acepta todo aquello que no se ajusta a la realidad, tiene sin embargo detalles que la salvan de la hoguera inquisitorial que algunos tratan de prender y atizar. Es una película que no hiere pese a lo susceptible del tema para lo contrario, al tratar, más que con acierto, con respeto a sus personajes y no ensañarse con ninguno de ellos, entre los que destaca Unamuno, que lo abarca todo, manteniéndose muy por encima de todos, sí, de todos, tanto de los “hunos” como de los “hotros”. Si hoy viviera ¿qué pensaría de aquellos y de éstos?