12 agosto 2020
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De Anguita a Garzón

18 may 2020 / 03:00 H.
Pablo Montes
Sin tapujos

Ironías del destino. En la misma semana que despedimos con dolor y admiración a Julio Anguita, histórico dirigente de Izquierda Unida, el actual líder de esta formación, Alberto Garzón, demostró su minúscula talla moral y política. Su más absoluta mezquindad e ignorancia. Y lo ha hecho arremetiendo contra un sector que, le guste o no, es clave para la economía de este país.

Hace años que a Izquierda Unida no la reconoce ni la madre que la parió. Concretamente desde que el ‘califa rojo’ la abandonó. Pero lo de ahora es una caricatura dirigida por un ignorante que no sabe nada o casi nada de la Transición y desprecia los pilares que forjaron a la coalición de izquierdas. Volvamos a la decencia. La de Julio Anguita. Aunque ahora me encuentro en las antípodas de la ideología comunista, el político cordobés me generó admiración en aquellos años de juventud donde el bipartidismo era una losa mugrienta. Especialmente disfrutaba con sus azotes al ‘felipismo’ más corrupto e inmundo. Aquel de los GAL, Filesa, los fondos reservados, Roldán, etc. Tampoco titubeó cuando se alió con el PP para frenar al ‘imperio del monopolio’, el Grupo Prisa. Me quité el sombrero ante su valentía criticando sin fisuras a aquel déspota peligroso llamado Jesús de Polanco, aún a riesgo de enemistarse con el otrora buque mediático del progresismo, “El País”. Otro personaje siniestro como es Juan Luis Cebrián (el último franquista y el primer demócrata) jamás se lo perdonó. Pero como buen izquierdista, Anguita odiaba el nacionalismo. Ese que ahora abrazan tanto socialistas como ‘podemitas’. Se equivocó (y más tarde lo reconoció) formando parte de aquel timo llamado Pacto de Estella. Pero jamás dejó de defender el espíritu de la Transición sin renegar de sus principios republicanos y revolucionarios. Si alguien congrega el aplauso y el respeto tanto de izquierdas como de derechas es por algo. Es porque dejó huella y formó parte de esa generación de políticos que tenían altura de miras, dignidad, vocación de servicio público y pasión por unos ideales.

Todo de lo que carece Alberto Garzón, ministro de Consumo del ‘pantagruélico’ Gobierno de los mil cargos —curioso que Pablo Iglesias le reconociera esta pasada semana al diputado salmantino Bienvenido de Arriba que el Ejecutivo es excesivo, pero que no hará nada para recortarlo—. Garzón ha tenido la desfachatez de calificar al sector turístico de “precario, estacional y con bajo valor añadido”. Su dimisión sería poco para resarcir a tantos profesionales que viven de ello. Habrá que recordarle que España, por suerte o por desgracia, no es un país industrial. Y si no podemos vivir de la industria, habrá que hacerlo de otras cosas, entre ellas del turismo. Un sector que representa el 13% del PIB español (el 30% con todas las empresas que dependen de él indirectamente) y que no solo genera riqueza, sino también imagen de marca. Y eso realza la proyección internacional de nuestro país. No somos los únicos. En Portugal supone el 15% del PIB, y nuestros vecinos están muy orgullosos de ello.

Provisto de una mascarilla (aunque le vendría mejor un bozal), Garzón ha despreciado a un sector que atraviesa una situación crítica. Que, por mucho que pensemos lo contrario, trabaja con unos márgenes muy reducidos. Un hotel, un restaurante o un avión tienen que estar llenos para que sean rentables. Por eso no necesita insultos, sino apoyos. Ayudas para solventar una tragedia que algunos aguantarán a duras penas este año, pero que si se prolonga en el tiempo, hundirá en la miseria a todo hijo de vecino. Tiene que haber un acuerdo europeo para que las fronteras se abran este verano y se permitan los viajes. Se tiene que fomentar y favorecer la desestacionalización para no depender exclusivamente del verano.

Pero todo esto no servirá de nada si no se nos mete en la puñetera cabeza que pensar en la salud es pensar en economía. Que acabaremos con el virus si somos responsables, no si salimos a dar gritos en masa y nos pasamos la distancia social por el arco del triunfo. Que estar en fase 0 no es estar ‘rezagados’, sino ser prudentes para que tanto el turismo como el resto de sectores regresen con fortaleza y garantías.