11 julio 2020
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Contar sus nombres

28 may 2020 / 03:00 H.
Santi Riesco
Ahí lo dejo

Me pasó en Toko-Toko, una localidad rural al norte del Benín. Sí, ese país minúsculo ubicado en el africano golfo de Guinea. De aquella no había coronavirus y la gente sólo moría de hambre, malaria y diarrea. Cosas de pobres. La situación era más o menos como la de ahora, pero los ricos podíamos viajar porque no teníamos que llegar a esa fase. Allí siguen en la fosa.

Recuerdo que la casa de Gabriel estaba detrás de la mezquita central. Acompañábamos a uno de esos misioneros que se te quedan grabados a fuego en el alma por su verdad. Era un comboniano aragonés de rompe y rasga: Juanjo Tenías. Al cumplir la edad de la jubilación pidió ir a una misión complicada. Y el prior le ayudó a cumplir su sueño.

Gabriel era uno de los pocos cristianos nativos en una zona de mayoría musulmana. Era la mano derecha del padre Juanjo. Su catequista de referencia. Y acababa de traer otro hijo al mundo.

Acompañamos a Juanjo hasta la casa de Gabriel para felicitar a la familia por el nacimiento de Gastón. El bebé aún no había cumplido sus primeras 24 horas de vida. Le bañaba su abuela en un barreño colocado sobre el suelo de tierra. En la calle. O quizá fuera un patio. En África no es fácil hacer según qué distinciones. Y el recién nacido llamaba la atención porque –como todos los recién nacidos de raza negra- parecía blanco. Bueno, y porque Lea, su madre, estaba completamente doblada friendo soja en un fuego que había en el suelo, al otro lado del patio de tierra. O en la calle, que no sabré nunca distinguir. Recién parida. Como si nada.

Gabriel tenía 44 años y Lea 38. Se dedicaban a la agricultura. Cultivaban ñame, maíz y algo de cacahuete. A Gabriel se le podría definir como un auténtico santo, uno de esos hombres buenos, respetados y queridos por todos.

Cuando le pregunté cuántos hijos tenía empezó a contar con los dedos mientras desgranaba nombres: Josephine, Lucie, Ela, Michelle, Sandrine, Tamaro y Gastón. Siete. Cinco hembras y dos varones. Entonces Juanjo me aclaró que los lokpá no acostumbran a contar a las personas, que sólo cuentan cabras, cerdos y gallinas. Sólo cuentan animales. Costumbres bárbaras, pensé. Las nuestras, sigo pensando.

Hoy siento que Gabriel y los suyos, los lopká, han inspirado al director del New York Times para elaborar su histórica portada del pasado domingo. Y sueño con Gabriel, en directo, dando la rueda de prensa de las 20:00. Me lo imagino contando con sus dedos los nombres de los que nos ha robado el coronavirus durante la última jornada. Y pienso en mi padre, en todos esos nombres que no se cuentan, en qué haremos sin ellos.