28 noviembre 2021
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Concordia

24 nov 2021 / 03:00 H.

    UNO de los motivos por los que llamamos “sabio” a Alfonso X, además de sus facetas historiográfica, traductora y científica, es su pasión por el Derecho. Pretendió unificar y engrandecer sus reinos partiendo de la base legislativa. Al traducir El Fuero Juzgo y Las siete Partidas, estableció el perfil de un cuerpo legal en el que no buscaba tanto el premio y el castigo como una guía de convivencia, unas normas de conducta que condujesen a la concordia. Su intención miraba a la eternidad, o al menos apuntaba al largo plazo, al contrario que la mayoría de leyes con las que nuestro gobierno intenta ahora ganar tiempo, luchar contra una debilidad que aumenta con cada amanecer en la Moncloa, como la Ley de Memoria Democrática, dispuesta a pisotear la concordia y a reescribir a capricho otro de esos momentos sabios de nuestra historia, uno impecable a pesar de sus defectos, del que somos herederos y fruto al mismo tiempo.

    La historia requiere de testigos para mantener su aspiración científica y no terminar sometida por la política, en su constante saqueo devorador de justificaciones. Las generaciones de españoles nacidos en democracia, empezando por los niños que vivieron la muerte de Franco solamente como un día en el que no tuvieron que ir al colegio, necesitan el relato fiel de los que participaron en primera persona en la edificación de esa casa de todos que es la Constitución del 78, para entender su motivación y su andamiaje, para ser capaces de identificar sobre plano las tuberías que realmente ya no funcionen y para poder engarzarla con éxito en la historia de superación y concordia que, a pesar de transitar innumerables valles de lágrimas, queremos que sea la historia de España. La Plaza de la Concordia, quizá no había reparado el lector en ese detalle, aparece en el plano de Salamanca enmarcada por las calles del teólogo y jurista de la Escuela de Salamanca Alfonso de Castro, del navegante y conquistador Alfonso de Ojeda, del alcalde republicano Federico Anaya y por la Calle de las Víctimas del Terrorismo. Toda una declaración urbanística con la que cobra la concordia todo su peso histórico y existencial.

    La concordia sobre la que se levantó la democracia que ahora disfrutamos es el espíritu colectivo necesario de un tiempo de reconstrucción y es una decisión firme de convivencia y prosperidad, de poner la razón por encima de las diferencias viscerales y de no dejarnos llevar nunca más por la pulsión suicida. La concordia exige ahora una renovación de votos. Por cuestión de salud. Es la vacuna contra la guerra fratricida.

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