30 octubre 2020
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Con pena y sin gloria

    Eso es, con pena y sin gloria. Pasó San Mateo con pena -¡vaya santo, Mateo Carreño!- y sin gloria, tampoco en el ruedo. El “día sin mi coche”, ayer, en plena Semana de la Movilidad con el personal muy inmovilizado, ha pasado igualmente con mucha pena y nada de gloria; de hecho, los paisanos que se desplazaban gratis en el autobús cargaban desánimo en sus gestos. El propio otoño ha entrado despistado sin decidirse a ser final de verano o principios de invierno, así que aquí estoy deshojando la margarita del armario. Tampoco el aterrizaje de los universitarios da para cohetes sino para todo lo contrario, bengalas de alerta; imagino que siglos atrás los salmantinos vivían la llegada de los estudiantes con temor a robos, honras de hijas mancilladas de por vida, bromas pesadas... No me invento nada, viene en las crónicas. Hoy nos preguntamos qué no prepararán estos trastulos del Estudio que nos lleve al confinamiento pleno. El Fácyl, que, seguramente no se ha enterado, ya se está celebrando, este año no trae corbatas para colgar en las conchas ni llamativos maniquíes de reclamo. Fui al patio de La Salina a la exposición de Gonzalo Borondo y una luz inadecuada me impidió disfrutar de los hologramas y su juego de imágenes; eso sí, como me tomaron la temperatura (36,4ºC) y comprobé que olía perfectamente el hidrogel de las manos me vine arriba convencido de que no estaría en los datos de mediodía de la doctora Casado. Lo celebré en bares de alrededor. El caso es que el Fácyl ha comenzado, igualmente, con pena y sin gloria, o eso me parece. Está todo tan de esa manera que a un crío de cuatro años le preguntaron qué tal en el “cole” y respondió regular. Ya está dicho todo.

    Vamos a tener que trabajar mucho el estado de ánimo si queremos salir adelante. Sin ir muy lejos, he aparcado por unas horas mis Episodios Nacionales -estamos aún en el bicentenario de Galdós y todo esto es muy galdosiano- y me he puesto con “Keswick y el árbol de la vida” de nuestra M.J. Asensio, que puede ser la J.K.Rowling salmantina, con esos contenidos que tanto gustan a los preadolescentes: magia y misterio, además de un buen relato. Sigo en ello. Un estado de ánimo que tendrá que trabajar la gente de la cultura. De hecho, ahí están nuestros escritores en el tema, desde Benito González a Juan José Nieto, que es salmantino de adopción, como lo es Rodrigo Cortés, pero le queremos como si fuese del mismo barrio de Garrido. Esperamos con la impaciencia del goloso ante el postre la llegada a las pantallas de “Operación Camarón”, de Carlos Therón, pero también la película de Manuel Menchón sobre Unamuno, que se rodó en Salamanca, y la que vaya a hacer Silvia Alonso, que podría tener novio, según los papeles rosas. Vaya. Pues eso, cultura para levantar el ánimo a falta de una vacuna contra el virus o un recargador de corriente positiva como los que va a instalar el Ayuntamiento para los coches eléctricos.

    En otro tiempo el otoño en Salamanca era fantástico con su octubre unamuniano y las primeras fiestas estudiantiles, y su noviembre funerario, castañero y olor a libro viejo. Pasaba rápido (¿recuerda?) porque enseguida comenzaban a colocar los cables de las luces navideñas y aparecían los primeros turrones en el súper y de repente estábamos en Navidad. Aquello sí era normalidad y no la nueva normalidad de ahora que es un desbarajuste donde todo sucede con mucha pena y escasa gloria.

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