25 septiembre 2020
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Comuneros

14 sep 2020 / 03:00 H.

    Nunca he terminado de comprender, barra compartir, que Castilla y Leon fuese en su día consagrada a los Comuneros. Padilla, Bravo y Maldonado, a mi modesto entender, no fueron unos líderes preocupados por el bienestar del pueblo de Castilla, sino nobles privilegiados que cobraban tributos en dinero, especies y trabajo, que gozaban de la facultad de nombrar jueces y escribanos y a los que repateaba prescindir de sus bulas y patentes en beneficio de un imperio que era el que verdaderamente les hacía grandes. Pero estos últimos días he recordado su desafío al emperador al leer sobre la rebelión de los alcaldes. La propuesta de Hacienda para que los Ayuntamientos saneados cediesen voluntariamente de 10 a 15 años sus ahorros al Gobierno, que les compensaría con un anticipo del 35% a fondo perdido, era una afrenta. Los términos en los que la ministra se despachó con quienes trataban de hacer ver que encontraría resistencia, un ultraje. Prestos a defender lo que es de todos, los alcaldes han marcado un hito en la lucha contra la partitocracia, una guerra que amenaza con hacerse crónica. Desde los más diversos partidos se han plantado, brazo con brazo, en lo que podríamos llamar, esta vez sin forzar la semántica, arrimar el hombro. Salvo una vergonzosa excepción. Me tienen ya un poco harta los socialistas que en privado dicen digo y en público farfullan Diego. O peor aún, se callan, en un silencio ominoso que sin duda ha de repugnar a sus votantes. Porque si hay un político cuya carrera esté adherida sin remedio al aprecio del electorado es el edil, al que seguramente más se le exige y al que se le perdona todo cuando los vecinos aprecian que actúa sinceramente en interés del pueblo. Cuando más pequeña es la localidad, más se diluye la fétida influencia de los partidos y más cuenta la madera de la que esté hecho el bastón de mando. Salvo esa execrable excepción, los alcaldes en pie de guerra se han negado a entregar al gobierno central los ahorros de los municipios, al igual que los procuradores dirigieron a Carlos I en 1518 sus 88 peticiones, entre las que figuraba su rechazo a contribuir económicamente al plan del rey de ser nombrado emperador del Sacro Imperio Germánico y su negativa a que la Corona se hiciera con metales preciosos y utilizase fondos dinerarios o caballos en proyectos reales fuera de Castilla y León. La gran diferencia entre aquellos comuneros y los actuales alcaldes radica, seguramente, en que Carlos I había llegado al Colegio de San Gregorio de Valladolid sin saber hablar español y rodeado de nobles y clérigos flamencos. El presidente Pedro Sánchez, sin embargo, habla un español solvente, orondo incluso, a tenor de las diatribas que gusta difundir ante las cámaras. Y hablando se entiende la gente. La rebelión se pudo haber evitado si, solamente, el magnífico emperador se hubiese dignado bajar de su caballo engalanado y atender a las súplicas de quienes están librando la batalla del coronavirus sin experiencia, sin recursos y a salto de mata. Pero como la superioridad moral del emperador de la Moncloa le impide descabalgar, igual que la armadura de Carlos I entorpecía seriamente cualquier esfuerzo del que fuesen omitidos sus ayudas de cámara o mayordomos, la rebelión de los alcaldes resultó inevitable y terminó como Villalar. Todos pierden. Los ayuntamientos, con enormes problemas de liquidez, se quedan como estaban. Quien sabe si rodarán cabezas, como en 1521. Y el emperador, confiado todavía en su armadura pero trocado en personaje de Hans Christian Andersen, ha visto llegar el día en que una voz salida de entre la multitud, la de la razón, que grita: “Está desnudo!”.

    “En un día el sol alumbra y falta; en un día se trueca un reino todo”, reflexiona Don Pedro Crespo, el alcalde de Zalamea de Calderón, “en un día nace un hombre y muere; luego en un día podría ver mi amor sombra y luz, como planeta; pena y dicha, como imperio”. “Cuando pierde de su punto la justicia, no se acierta en admitir la piedad”, dice el monarca de Lope, en “El mejor alcalde el rey”. Y así, entre alcaldes y emperadores, es como he llegado a empatizar, finalmente y con derecho al retracto, con los comuneros de Castilla. Sospecho que las próximas municipales vamos a ir a votar todos con otro sentimiento, con otro sentido de Estado y con retrogusto a Villalar.