20 enero 2022
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Civilización

06 dic 2021 / 03:00 H.

    Siempre me ha interesado el final de las civilizaciones. Si resulta fascinante el surgimiento de formas de organización de la existencia humana, procesos progresivos en los que la calidad de vida asciende al tiempo que las almas encuentran engranajes en los que encajar las respuestas existenciales, más aún hipnotiza el momento en el que los seres humanos se desencantan de sus propios logros y reniegan de ellos, dejando que se pierdan en la nada las construcciones sociales, culturales, jurídicas y artísticas sobre las que se sostuvo la vida en común. El estudio de estos procesos históricos produce vértigo y suscita interrogantes, porque a menudo se trata de casos sin resolver. Ahí está el Imperio Maya, por ejemplo. En el año 600, miles de florecientes y prósperas ciudades se multiplicaban en el sur de la península del Yucatán, en México, Belice y Guatemala. Pero alrededor del 850 habían sido abandonadas sin que a fecha de hoy los arqueólogos puedan ofrecer una explicación concreta, más allá de señalar una combinación de causas que desembocan el colapso político. Y qué decir de la caída del Imperio Romano. Coinciden los historiadores en que se fueron sumando un conjunto de factores, como la disminución del ejército, la menguante población, la pérdida de potencia económica, las enfermedades, la menor eficiencia de la administración, la pérdida de las creencias religiosas, las luchas internas por el poder, los movimientos migratorios y la presión de los bárbaros, una combinación que dio lugar a ese estruendo gutural tan cómico con el que Federico suele describir el momento histórico. En cualquier caso, se trata de procesos de pérdida de la identidad y de descreimiento en sí mismos de los pueblos, de incapacidad para dar respuesta a las preguntas de su tiempo, en los que encuentro serios parecidos con esto que vivimos nosotros ahora y a lo que todavía no ha puesto nombre la historia. El Papa Francisco sí acaba de ponerle nombre: “naufragio de la civilización”.

    Todo lo que ha dicho el Papa es verdad: “el futuro solo será próspero si se reconcilia con los más débiles” y “cuando se rechaza a los pobres se rechaza la paz”. Nos pide que “superemos la parálisis del miedo, la indiferencia que mata, el cínico interés que, con guantes de seda, condena a muerte a quienes están en los márgenes” y reprocha a Europa estar tratando el asunto como si no fuera de nuestra incumbencia. Intuyo que el futuro de nuestra civilización depende también de otros factores, pero recojo el guante de “la mayor crisis de refugiados de la historia” que nos arroja Francisco, que apunta con precisión el problema pero, claro está, no diseña la solución. Eso no le corresponde a él sino a nosotros. Para empezar, podríamos dejar de utilizar este doloroso asunto como arma política arrojadiza y abordarlo con prudencia y visión de largo alcance. Cerrar las fronteras, poner puertas a campo, surte un efecto tan contraproducente como abrirlas de par en par. Francisco cita a Elie Wiesel, superviviente del Holocausto y Nobel, que dijo que “cuando las vidas humanas están en peligro, cuando la dignidad humana está en peligro, las fronteras nacionales se vuelven irrelevantes”. Tampoco son una solución acuerdos como al que la Unión Europea ha llegado con Turquía, un multimillonario contrato que engorda un régimen dudoso como el de Erdogan a cambio de que mantenga a centenares de miles de personas en su territorio, en condiciones aún más dudosas, y que solo consigue desplazar el problema un par de fronteras más allá. Seguramente la verdadera solución pasa, en primer lugar, por admitir que vivimos en el mejor barrio del planeta y asumir con responsabilidad nuestro privilegio. Y seguramente solo logremos avanzar cuando ayudemos a mejorar las condiciones en los países de origen de quienes acuden a nosotros en masa, lo que significa implicarse con recursos y de forma efectiva en la ayuda al desarrollo. Mucho más rápido y a nuestro alcance estaría el acometer una actuación comprometida contra las redes de tráfico de personas, perfeccionar los mecanismos de asilo con procesos legales en origen y fortalecer Frontex como herramienta, pero sobre todo no mirar hacia otro lado y aportar una respuesta nacional constructiva hacia la respuesta europea común. Sigue sin ver la luz la estrategia de diplomacia humanitaria que el gobierno prometió para el segundo semestre de 2021.

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