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Cicciolina number one

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Jueves, 13 de abril 2023, 05:00

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Cuando ayer entré en el Novelty, Ciro Blume discutía con un camarero acerca de la cantidad de vermú que aguanta un “dry martini”. Nada más verme me invitó a su mesa, junto a don Gonzalo, y requirió mi opinión sobre el trabajo de las mujeres en la actual política española.

Se refería, según aclaración adjunta, a las señoras que camuflan su comunismo bajo los diseños de Armani y aromas del número cinco, que ya ganan para tanto. Sin embargo, no me dejó contestar, ya que al instante emitió su opinión sobre algunas ministras y su cohorte de “majorettes”.

El señor Blume, que es algo reaccionario, me explicó que, en su opinión, sólo hay dos clases de mujeres que sirvan para la política. Una se refiere al género Margaret Thatcher, y la otra pertenece a esa clase elemental que en el pasado fue liderada por la húngara Elena Anna Staller, es decir, Cicciolina Number One: modelo, cantante, locutora, estrella del porno y diputada en el Parlamento italiano. Una especie de prima hermana del Tito Berni, pero en plan decente y sin trapicheo de prebendas.

Margaret Thatcher, primera ministra británica durante la década de los años noventa, barrió del mapa a las huestes del general Menéndez en las islas Malvinas y se permitió el lujo de ganar por fuera de combate su pelea contra los sindicatos mineros. También consiguió, sin demasiado esfuerzo, que su marido, Denis, dejara los platos tan brillantes como un sol de media tarde. Era toda una mujer.

Por su parte, Cicciolina, con sus labios rojos, el pelo amarillo y sus carnes en desbandada, convirtió al parlamento italiano en un cuadro de Tolouse Lautrec.

Dicen que cuando ella entraba en el hemiciclo, a los diputados les entraban ganas de bailar el “cancán”. A todos, menos a los calabreses, que preferían la tarantela. Nunca estuvo la soberanía nacional de ese país tan bien representada que con aquel culazo parlamentario calentando los fondos marinos de un escaño felizmente ganado en las urnas. El señor Blume hizo una pausa en su exposición para saborear el “dry martini”, cuya dosis de vermú rojo nunca permite que vaya más allá de una gota imaginaria.

Después, continuó con el discurso, dejando sus pensamientos a los pies de los caballos. Una desgracia que en el Congreso de los Diputados de nuestra querida España, se atrevió a decir, no haya una representación, ni siquiera mínima, del género Cicciolina. Sería un honor para los españoles tener como referencia moral y política a una de las descendientes, pongo por caso, de las chicas de Aviñón o de aquellas damiselas que adornaban con sus enaguas los divanes de seda roja del Palacio de Cristal, casa de beatitud irónicamente nombrada por don Pío Baroja en una de sus novelas. Creo que fue en “La busca”. Una pena que ahora hayamos de conformarnos, tristemente, con ese tropel atropellado de “pasionarias”, vociferantes y callejeras, reclamando la autarquía de unas entrepiernas tan desoladas como las de cualesquiera de aquellas muertas que cifró Ramón en su libro más fúnebre.

No se entiende, siempre según la opinión del señor Blume, don Ciro, que esas chicas anden tirándose del moño con el fin de conseguir un buen trozo del pastel presupuestario. Hasta la fecha, más de quinientos millones se ha fundido la niña de Igualdad tan solo para explicarnos que sí es sí y a ti te encontré en la calle. Tampoco se sostiene que pretendan abolir la alcahuetería, ya que sería como cerrarse un camino honroso en la tesitura de que no haya dulces de merengue para todas ellas.

En tal caso, alguna tendría que hacer de tripas corazón y aprender los secretos de la alfarería, el oficio más antiguo del mundo. No las veo yo, amigo mío, capacitadas para otros menesteres, dijo el detective.

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