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Cuando en los periodos electorales oigo los discursos de los candidatos a cualquier parlamento tribal de medradores disfrazados de políticos, me vienen a la mente las imágenes de aquellos antiguos charlatanes que pregonaban hasta desgañitarse los productos desplegados ante una audiencia que seguía el espectáculo entre curiosa y escéptica. Uno de esos recuerdos es el de un charlatán que a principios de los años sesenta se ganaba la vida como podía en el seno de una sociedad amodorrada para unas cosas y zaragatera para otras. Este hombre, de labia magistral y bien trajeado, instalaba su pequeña mesa plegable, y sobre ella colocaba los productos listos para el chalaneo. Sujetaba el micrófono con una especie de collarín y amplificaba su locuacidad mediante un altavoz en el suelo. Sabía captar la atención mediante una especie de puja a la inversa, es decir, anunciaba el precio del producto, supuestamente fijo e inamovible, para hacerlo descender de forma paulatina en imparable verborrea hasta ponerlo al alcance de cualquier bolsillo por modesto que fuera. Malicio que entre el corrillo pudiera tener un “gancho” para romper el hielo y animar las transacciones.

Uno de los artículos que llamaban mi atención era el “incomparable y único” cortador de cristales, gracias a la minúscula rueda adiamantada. Era sorprendente seguir el rapidísimo movimiento de sus dedos, con los que en un abrir y cerrar de ojos transformaba una pieza de vidrio en minúsculos fragmentos a base de trazos rectilíneos. Como si cortara mantequilla, vamos. Mercadeaba con cortauñas, hojillas de afeitar, afilanavajas, medias irrompibles de nylon, etc. Era un simpático buscavidas, pequeño embaucador, a quien uno maldecía al llegar a casa y comprobar la deleznable calidad del producto adquirido. Estaba, por así decirlo, en sintonía con la mudanza de los tiempos en una España que abría los ojos al incipiente desarrollismo.

Metidos de hoz y coz en otra etapa histórica abundosa en tejemanejes, apaños y componendas, los modernos charlatanes de la política siguen empeñados en salvarnos. Fingen trabajar por nuestro bien, y uno ya no sabe si reír o cabrearse cuando apelan al manido sonsonete de la justicia, la inmarcesible vocación de servir a la sociedad y otras zarandajas. Ahora que se acercan las elecciones madrileñas, los medios volverán a trasladarnos con machacona insistencia las habituales retahílas que recuerdan al charlatán de mi adolescencia, es decir, mercaderías de baja calidad para todos a precios de regalo. No faltarán aduladores mediáticos que compongan sentidos ditirambos (si es que conocen el concepto) en honor de tal o cual aspirante que, una vez más, se inmola en aras del bien común para redimirnos a todos, ahora que la Semana Santa ya ha pasado con más pena que gloria.

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