17 agosto 2022
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Camioneros

28 mar 2022 / 03:00 H.

    Hasta que no hemos visto las estanterías del supermercado vacías no hemos logrado interiorizar que la leche no viene de Mercadona, sino de la vaca. Y que para que podamos desayunar, como parte de una rutina intrascendente, son necesarios unos señores que la alimentan y la ordeñan a diario, sin fines de semana, ni vacaciones, ni moscosos. Estos señores, y por supuesto señoras, eran hasta hace poco invisibles. Nadie reparaba en que a menudo no tienen médico en el pueblo, ni escuela para sus hijos, ni banco en el que hacer gestiones. Ni en que para comprar las galletas para mojar en la leche de sus vacas necesitan arrancar un coche y conducir hasta una localidad con comercio, mientras que al resto de nosotros, los privilegiados de una sociedad de clases en la que los parias del mundo rural permanecen al margen de derechos básicos, nos traen la leche y las galletas hasta la puerta de casa otros señores, y por supuesto señoras, que a la ministra de Transporte le parecen muy violentos, radicales e indignos de ser considerados sus interlocutores, esos que a diario se aferran al volante de su camión, sustituyen la compañía de sus familias por la de la radio y llevan a cabo la carga y descarga de nuestras necesidades. ¡Hay que ver lo que hemos aprendido en la última semana! Y a medida que la ministra se bajaba de la burra e iba accediendo a reunirse con los transportistas, a los que anteriormente estaba decidida a ignorar, hemos aprendido además que camioneros somos todos. Porque los problemas que los transportistas, agotados, dejaban caer sobre de la mesa de negociación, son los mismos que los nuestros. Nosotros también tenemos que poner gasolina para acudir diariamente a nuestro puesto de trabajo o llevar a los niños al colegio. Nosotros también necesitamos combustible para ir a ver a nuestros padres y abuelos, a los que ya dejamos solos durante la pandemia y a los que ahora no podemos ir a ver porque llenar el depósito se ha convertido en un lujo no siempre a nuestro alcance, casi tanto como encender la calefacción o planchar las camisas. A todos nosotros el precio de la energía nos está haciendo víctimas de un atraco. Todos nosotros deberíamos estar protestando en la calle.

    A todos nosotros la inflación nos está robando parte creciente del sueldo y de la pensión. Con el IPC al 7,6% y subiendo, pronto será el diezmo con el que se nos castiga a nosotros por la política de deuda pública que ha implementado el gobierno. Porque si Alemania puede ingresar en cuenta 300 euros a cada contribuyente, más otros 100 euros por hijo y otros 100 de ayuda social, mientras nosotros nos comemos solitos las subidas de los precios, es porque su deuda pública está en el 60%, mientras la nuestra se ha encaramado ya al 120%. Otra dura lección aprendida esta semana, la letra con sangre entra: la deuda pública no es un dato macroeconómico abstracto, solo para expertos, sino un mordisco tangible a nuestra calidad de vida, que nos afecta desde que nos levantamos por la mañana e incluso mientras dormimos.

    El presidente Sánchez ya no se atreve a insultarnos con la consigna de que saldremos de esta más fuertes, pero se niega a aprender el axioma principal del evidente fracaso: el Estado tiene que gastar en lo estrictamente necesario y ahorrar en todo lo demás. No porque todo lo demás no sea deseable, que habría que hablarlo, sino porque no podemos permitírnoslo. Porque todo gasto público, tarde o temprano, acaba saliendo de nuestro sueldo y de nuestra pensión. Y no podemos más. Y lo que se empieza a ver en la calle es solo el principio. Y el gobierno no entiende lo que está pasando y sigue sin reaccionar porque quienes lo forman estaban convencidos de que la calle eran ellos. Pero resulta que no, que la calle somos nosotros. Es, de hecho, uno de los últimos espacios que nos quedan. Los camioneros están en la calle defendiendo ellos solos los intereses de todos nosotros.

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