20 enero 2021
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Caballitos de Troya

    La escena es como para tirarse de los pelos: los niños entran al colegio perfectamente protegidos con sus mascarillas, les miden la temperatura, les echan gel hidroalcohólico varias veces al día y hasta les separan del resto de clases durante el recreo para crear los llamados ‘grupos burbuja’. Hasta ahí todo seguro.

    Sin embargo, terminan las clases, los niños se dirigen a los parques y lo primero que hacen es quitarse las mascarillas, como si lo que contagiara fueran los libros.

    No tengan la osadía de preguntarle a un papá que por qué su hijo pequeño no usa mascarilla mientras juega con el tuyo, que sí la usa, la respuesta es de manual: “Es que por ley no es obligatorio”.

    ¡Qué puristas somos a veces con la ley! No sé si los expertos en Derecho de tobogán y arenero sabrán que tampoco hay ninguna ley que obligue a contagiar a tus propios hijos.

    Me pregunto si entre tanta desinformación se habrán creído que los niños son inmunes, porque no es así. Ni siquiera los suyos. Es cierto que la mayoría de los pequeños no desarrollan síntomas graves, pero el bicho lo pueden coger y llevar dentro igual que un adulto. Está en los mocos que les limpian, en las babas que les restriegan, en las caritas que les besuquean... Y tu querido hijo, ese que no usa mascarilla porque la ley no lo obliga, va a ser el caballo de Troya que meta el coronavirus en casa. Será el que te contagie a ti, que llevas medio año cohibiéndote de muchas cosas que te gustan, y al abuelo, que entre que ya andaba pachucho... Todo el esfuerzo de tantos meses se va al traste sencillamente porque la ley no te obliga a que el niño lleve mascarilla.

    Aclaremos algo, si las autoridades sanitarias han excluido a los menores de seis años de esta obligación no es porque estén libres de riesgo, sino porque creen que a esa edad no son capaces de gestionar una mascarilla en la cara. Se equivocan, como en otras tantas cosas.

    Los niños son un enorme butrón en la estrategia de contención del COVID, que depende mucho más de la responsabilidad de cada uno que de cualquier medida que adopten las administraciones.

    Un ejemplo extremo es Suecia, que apostó por medidas blandas -básicamente recomendaciones- confiando en el buen hacer de su población y ‘superó’ el virus sin confinamientos. En cambio, otros países intentaron hacer lo mismo, se emocionaron con la idea de la inmunidad de rebaño y por poco ni lo cuentan.

    Visto lo visto, en España es preferible atarnos cortito, pero para que no paguen justos por pecadores lo más justo sería menos restricciones y más multones.

    En Salamanca, por ejemplo, llevamos semana y media de medidas especiales, pero por desgracia tampoco podemos saber si están funcionando. Es prácticamente imposible seguir un control fiable de los contagios si un día se hacen 1.400 PCR y al siguiente no se llega ni a 500.

    Desde fuera, la percepción es que existen dos problemas. El primero es la ya famosa escasez de reactivos para las PCR, aunque este escollo podría tener los días contados. El segundo problema es que desde que Microbiología analiza esa prueba hasta que el resultado le llega al paciente pueden transcurrir varios días. ¿Por qué? No se sabe si es porque se está tardando en volcar ese resultado en el sistema informático o porque los médicos de familia están asfixiados y se les acumulan las llamadas, pero la realidad es esa y está en la calle: esto no funciona como ellos creen, o dicen, que funciona.

    Alguien en Sanidad debería ignorar, aunque fuera por un día, los informes que perjuran que esto va como un reloj suizo y, en lugar de hacerse un ovillo frente a las críticas, salir a escuchar lo que dice la gente para corroborar que sí hay un problema.

    A partir de ahí, citar a todos los eslabones que participan en la cadena: desde que se le mete el bastoncito por la nariz al paciente hasta que le llaman para decirle si sí o si no. Uno por uno: ¿Ustedes cuanto tardan en mandar las pruebas? ¿Y ustedes cuánto tardan en analizarlas? ¿Y usted cuándo ve el resultado en el ordenador?

    A ver si así entendemos, por fin, de dónde salen los siete días para conocer un resultado en Salamanca.

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