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Bancos inhumanos

Lunes, 31 de enero 2022, 04:00

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Carlos San Juan es un médico valenciano jubilado de 78 años que ha puesto en marcha una campaña que ya tiene el respaldo de más de 500.000 firmas. Bajo el lema “Soy mayor, no idiota”, quiere alzar la voz contra el trato inhumano de las sucursales bancarias. Denuncia que casi todas las gestiones son telemáticas y eso aparta a los mayores de un servicio básico. “No paran de cerrar oficinas, algunos cajeros son complicados de usar, otros se averían, nadie resuelve tus dudas y hay gestiones que solo se pueden hacer online”, lamenta Carlos. Su reivindicación ha puesto de manifiesto una lacra que se ha acentuado con la excusa de la pandemia. Algo tan sencillo como poner al día la libreta de ahorro, obtener dinero en efectivo o solicitar información sobre la domiciliación de un recibo se ha convertido en una misión imposible, especialmente en el medio rural. Este abandono cruel y despiadado que los bancos están perpetrando con la connivencia de las instituciones y basado en el criterio de rentabilidad, es una puñalada más a nuestros pueblos. Me repatea que los gobernantes dediquen grandilocuentes discursos a la lucha contra la despoblación cuando la receta es muy sencilla: servicios, servicios y más servicios. Me importa un carajo que sean deficitarios. También lo son algunos inútiles que pululan por muchas administraciones, que difícilmente saben leer y escribir y en cuyos vocabularios no están expresiones como “gracias” y “buenos días”.

El jubilado valenciano solo pide una cosa a los bancos: humanidad. No es demasiado, teniendo en cuenta que muchos de ellos se beneficiaron de un rescate con fondos públicos, otros nos engañaron con el fraude de las preferentes y las cláusulas abusivas de las hipotecas y la mayoría nos fuerza a depender de ellos porque las instituciones, las aseguradoras y las compañías eléctricas penalizan a aquellos que no tienen domiciliados sus recibos. Puesto que estamos sometidos a su ‘dictadura’, no es mucho pedir que el trato hacia sus parroquianos sea digno.

Tengo el orgullo de ser hijo de un empleado de banca de los de antes. De aquellos que conocían el nombre y apellidos de todos sus clientes. Que sabía quiénes eran sus hijos, cuál era su dirección completa y la gestión que iban a hacer sin tener que preguntarles. Mi padre fue director de la modesta oficina de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca en La Vellés. Cuando finalizaba su jornada laboral, comía deprisa y corriendo para coger el coche y recorrer todos y cada uno de los pueblos de La Armuña. Muchos días no llegaba a casa hasta medianoche. No le importaba tener que ir a hacer la declaración de la Renta a un vecino de Arcediano, llevar dinero en efectivo a otro de Tardáguila o acercar el papeleo del seguro agrario a un labrador de Palencia de Negrilla. Es la humanidad de la banca elevada a la enésima potencia. Algo que, por supuesto, va en la honradez y la profesionalidad de una persona, pero también en una filosofía que imprimía en aquel momento un hombre como Sebastián Battaner.

Obviamente los tiempos han cambiado. Muchas entidades han mandado a casa a cientos de empleados y las condiciones laborales han mermado. Pero, sobre todo, ha irrumpido una tecnología que ha traído unas ventajas innegables, pero al mismo tiempo ha dejado fuera de juego a una parte importante de la población. Si queremos ventanillas telemáticas, deberemos apostar por una alfabetización digital de nuestros mayores como ha hecho de manera ejemplar Estonia. Mientras tanto, no podemos exigirles que se adapten a los cambios si no les damos las herramientas para hacerlo. Desde formación hasta una buena conexión a internet.

Una sociedad que aparta a los que sobrepasan una determinada edad es una sociedad enferma y, por desgracia, en muchos bancos, ya ha calado ese virus.

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