10 diciembre 2019
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Asuntos acuciantes

08 oct 2019 / 03:00 H.
Juan Antonio García Iglesias
Visto desde fuera

Asuntos acuciantes son aquellos que no pueden esperar más y acaban con la paciencia de cualquiera. Asunto acuciante es, por ejemplo, el de la capitalidad de Valladolid porque Castilla y León no puede seguir huérfana ni un día más, siendo este el mayor de sus problemas no obstante tener muchos y muy graves, pero como éste, ninguno. No lo dijo pero lo dio a entender de nuevo el ínclito promotor de la idea, que no se apea de ella ante la posibilidad de que no tenga cosa mejor que proponer. La realidad se ve muy distinta desde la altiva poltrona de un vicepresidente de la Junta que desde el humilde escaño de un concejal sin incumbencias. Lo triste es que nadie mueve un dedo por solucionarlo mientras la población avejenta, la juventud emigra, no hay relevo generacional y los campos y pueblos se vacían, algo inexplicable que ocurra en el siglo XXI, más aún si se tiene la solución. ¿A qué esperan? Lo fue de España (siendo todavía Imperio) hasta que poco después dejó de serlo, ¿por qué no de Castilla y León? Reúne todas las condiciones. Además responde a un clamor general al que hay que dar respuesta inmediata. Antes, el ahora ocioso concejal del ayuntamiento vallisoletano no lo veía así.

Miles de castellanos y leoneses, convocados por la Coordinadora de la España Vaciada, se echaron hace cuatro días a la calle contra la despoblación y para exigir soluciones a esta hemorragia que está dejando sin pulso a la Comunidad. Seguro de que ninguno de los concentrados tenía en mente como solución al problema el que Valladolid fuese o no capital de Castilla y León, algo que a nadie preocupa, salvo al ínclito y a pocos más.

Acuciante es frenar el calentamiento global, porque o se toman medidas contra este trastorno atmosférico y ponen remedio al deterioro ambiental que arrastra y nos asfixia o de hoy a cien años todos calvos, acabando así con el problema anterior al quedar resuelto para siempre la crisis demográfica y el asunto de la despoblación.

Acuciante es desenterrar a Franco de un sitio para enterrarlo deprisa y corriendo, contra viento y marea, en otro, bajo el mismo cielo y la misma tierra unos pocos kilómetros más allá de su actual sepulcro. La democracia se tambalea y hay que apuntalarla a toda prisa antes de que sea demasiado tarde. No se habla tanto de otro asunto como de éste, como si fuese el más grave (por no decir la único) que acosa a España. Lleva más de cuarenta años donde está sin que nadie lo echara en falta y eso no hay demócrata que lo aguante. Ha llegado el momento y Sánchez se ha lanzado a tumba abierta, pueden imaginarse a cuál me refiero, estrategia macabra que solo falta que la activen la noche de Halloween. Pues cerca de ello andan, el tiempo avanza, el peligro crece y no pueden esperar mucho más. Que esperen otros asuntos por muy acuciantes que sean, aunque acuciante sea también ponerse a salvo de lo que viene de camino y aún está por llegar, siendo eso lo que están tratando de hacer con tanto asunto pendiente y tan al mismo tiempo todos que no saben por cuál de ellos empezar. Le sobran prisas y les falta tiempo.

Intenta uno ponerse al día de la actualidad política y no abarca. Es lo que cabe esperarse de un país fuera de quicio, a merced de una casta igualmente desquiciada e incapaz de centrarse en los asuntos verdaderamente acuciantes para España, que si bien están en boca de todos prefieren callarlos y no darse por enterados.

El 10 de noviembre se acerca y los nervios se desatan, mal asunto cuando de lo que se trata es de todo lo contrario, es decir, de mantener la cabeza fría y pensar. Pero aquí no piensa nadie más allá de sus ambiciones personales por lo que la posibilidad de un arreglo se aleja. España no cuenta, bueno, sí, como gancho electoral a modo de lema mientras dure la campaña y se acabó, siendo por ello más inquietante, tanto al menos como lo es por lo que hacen y por lo que dejan de hacer, mientras España, en estado catatónico, sigue sin levantar cabeza, asunto acuciante de análisis más propio de psiquiatras que de politólogos.