28 septiembre 2021
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Así nos roban Sánchez y Urkullu

29 jul 2021 / 03:00 H.

    Nos va a salir cara la cumbre de presidentes autonómicos prevista para mañana viernes en Salamanca. La presencia del lehendakari, confirmada ayer, la vamos a pagar entre todos a precio de caviar iraní. Siguiendo la tradición sableadora de sus antecesores (aquellos que recogían las nueces cuando los asesinos de ETA sacudían el nogal) Íñigo Urkullu ha puesto precio a su presencia en el convento de San Esteban, y Pedro Sánchez, siempre magnánimo cuando se trata de dinero público, ha decidido pagar el chantaje.

    La propina que se lleva el vasco viene camuflada en tres impuestos que ahora recauda el Estado y que pasarán a cobrar las haciendas forales, a saber: el IVA en las ventas a distancia, el impuesto de transacciones financieras y el de operaciones digitales. Es decir, que a partir de ahora ese dinero se lo embolsan los vascos y luego ya verán ellos si devuelven algo, poco o nada, al Estado.

    El atraco a mano desarmada (lo de las pistolas ya no se lleva) será perpetrado hoy mismo en la reunión, a plena luz del día pero siempre envuelta en un halo de misterio, de la Comisión Mixta del Concierto. El año pasado, sin ir más lejos, Urkullu tasó su asistencia a la cumbre de presidentes de La Rioja en 2.000 millones de euros, los que Sánchez le permitió subir el techo de deuda (que pagaremos entre todos, por supuesto). El Gobierno sanchista-comunista cederá la pasta, renegociará el cupo y el resto de españoles saldremos perdiendo una millonada, como de costumbre. Es lo que tiene ser vasco, oye.

    El privilegio de los vascos se llama Hacienda Foral y el atraco se llama Cupo. Un privilegio compartido con los navarros, que fue instaurado en el siglo XIX como consecuencia de las guerras carlistas (las pistolas siempre de por medio) y reconocido en la Constitución de 1978 (el dictador Franco había mantenido los beneficios fiscales a Álava y Navarra). Hablando en plata, la Hacienda Foral consiste en que las diputaciones vascas y navarra recaudan todos los impuestos, salvo el IVA, y luego calculan, junto al gobierno de turno, la parte que deberían pagar a la Administración central por los gastos comunes. El robo al resto de los ciudadanos que tenemos la desgracia de habitar en cualquiera de las otras autonomías se produce en el cálculo del Cupo, que se ejecuta de forma misteriosa y que siempre resulta escandalosamente beneficioso para una parte, la foral.

    En virtud de ese acuerdo, el País Vasco devuelve al Estado unos 1.400 millones anuales, pero esa cantidad no llega ni a un tercio del coste regionalizado. Solo los gastos de los ministerios ya suponen 40.000 millones de euros y los intereses de la deuda otros 28.000. El 6% de esa cuantía, que se corresponde con el 6% del peso del País Vasco en el PIB nacional, ya sobrepasa los 4.000 millones.

    Todo ese dineral que los vascos apañan y no sueltan les permite tener el doble de financiación per cápita que el resto de los españolitos de a pie. Por eso las escuelas y las universidades tienen más presupuesto que el resto. Por eso los hospitales son mejores, los servicios sociales más generosos, y sus infraestructuras dan envidia.

    Tampoco hay que escandalizarse, porque en Cataluña se gastarán este año 250 millones en TV3 y Cataluña Radio, órganos de la propaganda separatista, otros 900 millones en las embajadas donde se denigra a España, y miles de millones en la inmersión lingüística con la que persiguen el uso del castellano.

    Estamos ante uno de los mayores escándalos de la democracia, una rapiña legal que ha venido siendo aumentada y no corregida por los sucesivos gobiernos de González, Aznar, Zapatero y Rajoy, y que ahora Sánchez se dispone a ampliar y consolidar.

    Desde luego, a ese precio, el señor Urkullu podía haber permanecido tan a gusto en Vitoria. Aunque se quede a cenar en Salamanca, no nos trae cuenta.

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