15 diciembre 2019
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Asco, indignación y vergüenza

19 oct 2019 / 03:00 H.
Juan Antonio García Iglesias
Visto desde fuera

Se mascaba en el ambiente, se veía venir y llegó para asombro de nadie. No se hablaba de otra cosa y se insistía con la tediosa monotonía que el día a día político nos brinda sí o sí. De hecho, la reacción detectada en la voz de la calle era la de huir de la matraca que a cuento de esta precampaña y sus efectos colaterales nos venían dando sin contemplaciones y, de paso, buscar un respiro de esos que ayudan a recuperar fuerzas y optimismo para seguir aguantando lo que ya comenzaba de manera insoportable a hartar.

Pues de esto que comenzaba a hartar lo peor está aún por llegar, aunque dada la evidencia de la actualidad puede decirse que el comienzo de lo peor ya llegó, a la vez que lo hacía la esperada sentencia del ‘procés’, hecha pública por el Tribunal Supremo 48 horas después de filtrarse a la opinión pública. La reacción contra la sentencia (benévola y decepcionante que la Fiscalía ha calificado de “albañilería jurídica”) no se hizo esperar y desde entonces monopoliza la actualidad. Disturbios, barricadas, caos... atizado por sartas de fake news, la nueva arma de destrucción masiva según David Alandete, autor del libro que así titula, libro de recomendada lectura. Y hoy huelga general. No se habla de otra cosa, como si el mundo se hubiese detenido y centrara su atención en lo que sucede en Cataluña. Lo que pasa en el resto de España no suena. ¡Bravo! por los independentistas que siguen saliéndose con las suyas, porque ¿a qué más pueden aspirar mientras no alcancen su ansiada independencia? A esto y a poco más. Ellos lo saben y hasta conseguirla no pararán de hacerse ver y oír.

La sentencia ha puesto punto final a un capítulo e iniciado otro de esta larga historia, cuyo final está todavía tan lejos que ni siquiera se atisba. Y entretenidos nos tendrán otro capítulo más. En Cataluña, donde en otros tiempos se asentó la anarquía y anduvo a sus anchas, no es de extrañar esto de ahora al ser en parte residuo de aquello, que aun cuando acabó siendo víctima de su propia violencia marcó unas formas, igual que estos están marcando otras por el estilo y no contra viento y marea, como aquella, sino con viento en popa, y por ahí van, a su aire, haciendo surf sobre el tsunami democràtic que la sentencia ha provocado. Menuda fiesta campera se está corriendo la ociosa niñatería malcriada pero bien alimentada de los comités defensores de la república catalana, que a falta de dinamiteros veremos con qué nos sorprende. Tal vez con nada, porque todo lo que ha de venir anunciado está.

Eso me trae a la memoria esto otro: Nos mantendremos firmes en nuestro compromiso con España de trabajar por la libertad y la seguridad de todos los ciudadanos. Lo demostramos hace dos años, lo hemos hecho de nuevo recientemente y, cada vez que sea necesario, lo volveremos a hacer porque tenemos la plena convicción de que la sociedad a la que servimos entiende, y cree, que no hay libertad ni seguridad fuera del marco de la ley. Esto y muchísimo más recogía el discurso claro y preciso del general de la Guardia Civil, Pedro Garrido, al que me agarro como un clavo ardiendo para seguir aguardando con una pizca cada vez más débil de esperanza lo que está por llegar, discurso que tan mal ha sentado a los independentistas y a sus serviles al depender de ellos su ser o no ser. Tiempo le faltó a la Delegada del Gobierno en Cataluña para pedir disculpas, tanto como al charnego renegado y estómago agradecido Rufián para pedir la cabeza del general por su discurso, que Marlaska tachó de “inoportuno”. Buena forma de hacerle patria a los otros, por lo que visto esto con cualquier cosa nos pueden sorprender, no los otros sino los nuestros. Si esto es lo que hay [y es lo que hay], imagínense lo que nos espera con el ínclito en funciones atrincherado en La Moncloa, el “comandante supremo” de la tribu separatista entronizado en la Generalitat (para quien la sentencia ha sido “un acto de venganza” y llama a sus huestes al enfrentamiento contra el Estado) y los golpistas recién condenados con un pie ya en la calle, revoltijo que al entrar por los sentidos produce asco, indignación y vergüenza.