25 mayo 2020
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Aplícate el cuento, Simón

31 mar 2020 / 03:00 H.

Ha dado positivo Fernando Simón, ahora que empezaba a caernos bien, con esa parsimonia gestual propia de los koalas, con sus repetitivos consejos de la abuela y su pequeña ración diaria de medias verdades sobre la evolución del coronavirus, siempre avizorando el final de la curva. Ya nos habíamos acostumbrado a sus pronósticos fallidos, incluso a sus mentiras (eso de que todos los compañeros de cualquier sanitario positivo son sometidos a test ha sido una trola gloriosa de despedida), pero el pobrecito coordinador de Emergencias no ha sabido seguir sus propias recomendaciones y ha acabado por contagiarse del bichito, como le ocurre a casi todos los asiduos a La Moncloa, el complejo presidencial convertido en epicentro de la pandemia.

Invadido por el coronavirus, el complejo monclovita continúa sumido en el desbarajuste y la improvisación, aunque comienzan a entreverse algunas pautas en las decisiones adoptadas por el entorno de Pedro Sánchez, a veces incluso con el conocimiento y la aprobación del propio presidente, que revisa las medidas en los escasos tiempos muertos de que dispone entre ensayo y ensayo. Con tantas ruedas de prensa, no le da tiempo a memorizar las palabras más complicadas (eso del “permiso retribuido recuperable” casi le cuesta dos dientes) y apenas puede practicar los gestos de acompañamiento.

Las pautas que vamos adivinando son dos que aparecen bastante bien definidas en este primer mes de lucha del sanchismo-comunismo contra la enfermedad: en primer lugar, todas las medidas se adoptan siempre tarde y más o menos una semana después de que lo haya hecho Italia; y en segundo término, todas las restricciones cuentan con el desacuerdo de una parte del Gobierno, la desavenencia de casi todas las autonomías y la oposición de la oposición constitucional, aunque acabe votando a favor con los dedos en la nariz y la mano en el pecho.

Esto último, el apoyo de PP y Ciudadanos, comienza a sufrir las primeras grietas a cuenta de tanta mentira como propala el régimen sanchista y, sobre todo, por el carácter bolivariano y colectivizador de algunas de las últimas medidas económicas, inspiradas por Pablo Iglesias y ejecutadas por su ministra de Trabajo. Al fin se está confirmando lo peligroso que era colocar al frente de este departamento a una sindicalista pancartera, una abogada laboralista como la gallega Yolanda Díaz, para quien el verdadero enemigo no son el paro ni la precariedad laboral, sino el empresario. Se adivina su mano, teledirigida por el dueño del casoplón de Galapagar, en la decisión de obligar a los empresarios a pagar quince días de vacaciones (recuperables) a sus empleados y en el cierre general, sin previa consulta ni valoración individualizada, de cuantos más negocios mejor. Todo ello decretado por el Estado y sufragado a toca teja por la iniciativa privada, a la que no se concede ni el mínimo alivio de la exención o reducción de algunos impuestos.

A lomos de estos jamelgos nos acercamos al paraíso de Pablo Iglesias, aunque sea de manera circunstancial y gracias a la excepcional declaración del estado de alarma, que ha activado las hormonas anticapitalistas y sovietizadoras de la pareja de Villatinaja ante la estupefacción y la parálisis de Sánchez. No es de extrañar, por tanto, que Pablo Casado e Inés Arrimadas se tienten la ropa antes de estampar su firma en las medidas improvisadas por el Gobierno. Porque una cosa es la lealtad y el apoyo a las iniciativas que busquen frenar la epidemia y preparar la salida a la brutal crisis económica y social que se avecina, y otra colaborar en la instauración soterrada de un régimen bolivariano con toda la riqueza del país al servicio del Estado.

Ya veremos si populares y naranjas tragan hoy con las medidas para favorecer a los inquilinos de dificultades, que, según apuntan las primeras filtraciones, recibirán ayuda para superar esta crisis a cuenta de los arrendatarios. Sánchez le ha cogido gusto a esto de invitar y que paguen otros, y no va a parar.