07 julio 2020
  • Hola

Ancha es Castilla

30 jun 2020 / 03:00 H.

    Hemos pasado en un visto y no visto del confinamiento más severo a la libertad de movimiento más alegre. Es como si al levantarse el estado de alarma, hubiéramos descubierto el cielo abierto y sin pérdida de tiempo nos hubiésemos lanzado a retomar lo que había sido de dominio público hasta que un día de la noche a la mañana dejó de serlo: la calle y sus pertenencias, volviendo a ella con las prisas de quienes buscan recuperar lo perdido sin pérdida (por supuesto) de tiempo.

    Quienes nos gobiernan y dejan que nos gobiernen no ponen reparo alguno a este entusiasmo popular porque en ello les va su ser o no ser y no están para perder ninguna ocasión de fortalecer su permanencia, que es lo único que les interesa. Convencidos están de que tiempos aún mejores que estos se avecinan para sus aspiraciones, y mientras llegan dejan que el día a día no altere la buena marcha permitiendo que cada cual se mueva por dónde y cómo más le guste evitando así que se noten las intenciones. Hasta ahora les ha funcionado.

    Ancha es Castilla, donde hay sitio para todos, con que buena gana de poner puertas al campo sin necesidad. Es posible que llegue el momento de tenerlas que poner y que se pondrán si llega el caso, porque lo primero es lo primero, pero hasta entonces que todo siga como hasta ahora y nada impida el poder disfrutar a tope de lo que la nueva normalidad ha traído al margen de los motivos, que por lo que parece importan poco o nada, actitud que hace se ignore la realidad perdiéndole el miedo y aunque se nota en general no poca cautela a la hora de echarse al monte, porque algo queda en el ambiente y retrae, también es cierto que se dejan ver no pocos insensatos haciendo cábalas e imprudentes moviéndose a su aire como si nada hubiese pasado, insensatos e imprudentes no solo de gente del montón sino también con peso y responsabilidad política, incluso de gobierno, no obstante los rebrotes habidos en Murcia y Huesca, también en Lérida, en la raya extremeña con Castilla y León, en Valladolid, en Málaga, en Algeciras, en Valencia, en Navarra, en Galicia, en Madrid, en Menorca, en Córdoba, en Bilbao y Orio, en Fuerteventura..., nuevos casos que salpican a más de media España y que evidencian no el riesgo de que puedan de nuevo producirse sino el hecho de que se están produciendo y la nada desdeñable posibilidad de que sigan produciéndose a cualquier descuido, torpeza, imprudencia o dejación que se cometa y, no sé, pero mucho de lo que viene ocurriendo en torno a todo esto empuja a la sospecha de que se están cometiendo bastantes. Reacción que da a entender como si el hecho de levantar el estado de alarma para muchos respondiese a que la causa de la alarma ya no existiera, cuando nada hay más lejos de la realidad actual.

    El bicho del coronavirus, que es el origen de lo que hay, sigue vivito y coleando con todas sus consecuencias que, dicho sea de paso, no se combaten con remedios políticos aunque quienes nos gobiernan traten de hacernos creer con el ánimo de tenernos en la inopia de que han echando toda la carne en el asador y a ello se entregan, como si en sus manos estuviera la fórmula para acabar con el bicho, cuando lo que buscan con la nueva normalidad es otra cosa.

    Del cuándo y cómo acabará este nuevo capítulo aún no hay nada escrito, ni siquiera se aprecian visos que dejen prever algún detalle que oriente y nos pongan al loro de lo que se está fraguando tan callada y disimuladamente que ni siquiera se barrunta. Pero el sospechar es consecuencia del mal pensar y el “piensa mal y acertarás” del refranero, tan lleno de verdades, nos lleva a dar por cierto cualquier cosa sin tener prueba alguna que avale esta certeza. Pero es así. Por lo que se ve, porque esto sí salta a la vista, el Gobierno no busca una solución clínica a la crisis del coronavirus, sino que se sirve de ella para apañar una solución política a las ambiciones de su presidente, por una parte, y de su vicepresidente segundo, por otra, o sea, de Sánchez y de Iglesias, que andan encizañados por ver quién de los dos se lleva al final el gato al agua.