06 diciembre 2019
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Aires otoñales

25 oct 2019 / 03:00 H.
Juan Antonio García Iglesias
Visto desde fuera

Parece ya haberse asentado el otoño. Un otoño que está resultando extremadamente caliente. No lo digo por lo meteorológico, sino por aquello que la historia le ha encontrado su momento en esta época del año, convirtiéndola por ello en la más levantisca, subversiva y revolucionaria de todas. Cataluña se quema, hay quienes la ven arder como si fuese una rastrojera, desde la lejanía, espectáculo por cierto muy otoñal, sin inmutarse ni notar que por muy lejos que estén o crean estar les caen encima sus cenizas que, quieran o no verlo así, cubren como una nube tóxica España entera.

Amarillean los campos, han vuelto las lluvias, han comenzado en los pueblos las matanzas conmemorativas de aquellas otras que se celebraban no por tradición sino por la necesidad de llenar la despensa para el resto del año, pronto tomarán tierra los castañeros... Además, el domingo de madrugada se cambia la hora y lo que es más indicativo de este ambiente que poco a poco se va imponiendo y no hay quien lo pare, como fruta de otoño que no espera, tenemos la Feria Municipal del Libro Antiguo y de Ocasión instalada una vez más en la Plaza Mayor, sin la que desde hace veintisiete años (tantos como los que suman esta Feria) no se concibe el otoño salmantino. Sí, en la Plaza Mayor, su sitio. La Feria no lo sería tanto en otro lugar ni la Plaza tampoco lo sería tanto si no pensáramos para lo que fue construida, no sólo para el paseo y la contemplación, también para el mercadeo. Que la estética del “caseterío”, o sea, de las casetas, es manifiestamente mejorable y sólo por ello debería mejorarse, no hay quien lo discuta. La Plaza y la Feria merecen un respeto.

Todavía no ha empezado la caída de la hoja, al menos de forma espectacular, pero a punto está, tanto como las últimas del calendario que dan por terminadas las fiestas que dejan vacía España, silenciada y desierta, hasta que vengan tiempos mejores, que vendrán en su momento. Hasta entonces a hibernar... si les dejan, porque está el panorama como para echarse a dormir. Son cosas del otoño que un año tras otro se repiten y siempre llegan con la puntualidad que marca el paso el tiempo que ya comienza a oler a Halloween con la misma intensidad con la que antes olía a Tenorio.

Trato de ponerme al día, o sea, al loro de la actualidad, y saltan a la vista imágenes llegadas de Cataluña más propias de otros tiempos que del siglo XXI. “Esto no lo había visto yo en mi vida”, son palabras de un policía nacional herido dichas al ministro del Interior. Ni él ni nadie. Para verlas habría que remontarse a los sucesos que tuvieron lugar, también en Barcelona, durante la “Semana Trágica”, ocurridos entre el 26 de julio y el 2 de agosto de 1909. Aunque los contextos histórico, político y social eran distintos y las causas diferentes, el escenario es el mismo y las escenas son tan parecidas que se distinguen al primer golpe de vista por el blanco y negro de aquellas y el color de éstas. Las separan 110 años de historia cargada de jornadas dramáticas (las de la guerra civil son capítulo aparte, así como no pocos episodios terroristas, dantescos, que tampoco entran en esta comparación).

Aquella semana se llevó por delante al Gobierno de Maura, estos días no parecen, de momento, tener consecuencias políticas para nadie, mientras el presidente del Gobierno en funciones permanece, no de perfil sino con la vista puesta en el 10-N sin que desvíe la mirada ni pestañee, porque en Cataluña no pasa nada que consideren fuera de lo normal y dejan que pase esperando... ¡qué!, ¿acontecimientos? ¿Todavía más de los sobradamente suficientes para acabar con el mantra del pacifismo independentista, por mucho que los hayan querido desvincular de las movidas contra la sentencia del ‘procés’? Se han retratado como lo que son y son lo que se ve en las imágenes. Entre las diferencias de aquella semana y estos días por los contextos y por las causas, se ve que entonces tomó la calle la miseria de un populacho paupérrimo y humillado, y lo que ahora se mueve por esas mismas calles es también miseria, pero moral, no de la otra, de un populacho sobrado de todo e insolente.