23 agosto 2019
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A otra cosa

10 ago 2019 / 03:00 H.
Juan Antonio García Iglesias
Visto desde fuera

No es propio del mes de agosto que los políticos sean noticia más allá de lo que dan de sí sus chismes, frivolidades, aventuras, desventuras y enredos estivales que ilustran las páginas de la prensa del corazón, sin embargo este año no se apean de la actualidad nacional y ahí los tenemos, dando titulares un día y otro a cuento de la situación política que no acaba de aclararse ni parece que haya por su parte intención de aclararla, vamos, como si en lo turbio que impregna todo cuanto hacen se sintieran como en su salsa. Y eso parece. Pues ni una palabra más. Me planto y por simples razones de salubridad dejo de pensar en ellos un rato y me pongo a escribir de otra cosa, de lo que sea, da igual.

El pasado domingo (4 de agosto) venía en EL MUNDO un reportaje sobre la Mahler Chamber Orchestra de gira por España que aquella misma tarde inauguraba el Festival Internacional de Santander. Esta no es una orquesta cualquiera, sino otra de las pocas que por el mundo se mueven con el deseo de experimentar haciendo lo que ninguna de las que se rigen por las normas tradicionales siquiera se plantea en su manera de interpretar música, que va mucho más allá de lo que supone descifrar (por decirlo de alguna manera) al pie de la letra lo que viene escrito en las partituras, pero sin perturbar su contenido, yendo hasta el fondo de las posibilidades que les permite sin menoscabo del efecto final al buscar en el método un medio de perfección.

Esta orquesta la fundó el director italiano Claudio Abbado el año 1997, desde entonces no ha parado de ahondar en su propósito y en ello continúa una vez conseguido hacerse hueco en el complicado, intransigente y exclusivista cosmos de la música clásica en su afán de abrirse a nuevas formas y experiencias musicales, tan reñidas a veces con lo clásico que para muchos puristas se trata de una disciplina sagrada y, por tanto, intocable.

Pues no lo es, la prueba está en la Mahler Chamber Orchestra, en la que cada componente es una pieza con sentido propio, en la que no impera por ello el caos inherente a la indisciplina sino al contrario, se impone con rigor el talento individual, el autoconvencimiento y la capacidad de poner orden nuevo allí donde otros por razón de ser no se atreven y se repiten por sistema, y para eso hay que valer, por ello no encaja cualquiera en esta peculiar máquina de hacer música y de entenderla a su manera. La orquesta se ha ganado un prestigio, es valorada como uno de los mejores grupos camerísticos del mundo y por él anda de gira permanente. Dirigida por el checo Jakub Hrusa, la forman 45 músicos de 20 nacionalidades, de entre los que hay 7 españoles, uno de ellos salmantino, el contrabajista Rodrigo Moro.

No se me ha ocurrido a mí, sino a otro, preguntar sobre qué se podría hacer para intentar traer esta orquesta a Salamanca y qué posibilidades habría de conseguirlo. Aquí existe una tradición musical no siempre bien entendida por quienes deberían entenderla ni tenida en su justa consideración por lo mismo, pero existe, qué duda cabe, y merece por ello tenerla en cuenta, incluso pensando en el nombre de la ciudad y en darle sentido a su imagen promocional que se desvive en venderse fuera como de “cultura y saberes” sin que no siempre esté a la altura de estas circunstancias.

Salamanca no se puede descuidar, vive de sus vejeces y a poco que las abandone se viene el tinglado abajo, por lo que apuntalarla de vez en cuando no le viene mal para mantenerse en pie y al día, que no es poco entre los entraditos en años y Salamanca no son pocos los que tiene, su historia y su conjunto monumental son la prueba de ello, con sus evidentes síntomas de buena salud, es cierto, pero también con sus muchos achaques, que el tiempo no pasa en balde y no hay por eso que echar a perder ninguna ocasión. Por intentarlo no se pierde nada. Aunque no es mía, ahí queda la idea por si alguien quiere hacerla suya y lo intenta. Conseguirlo sería un bonito regalo para Salamanca.