03 agosto 2020
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A las tres en la cama estés

02 ago 2020 / 03:00 H.

    A las tres en la cama estés. Esta es la idea. El negocio nocturno aguardaba con angustia el decreto del directorio sanitario de la Comunidad, que obliga a adelantar la hora de que cada mochuelo vuelva a su olivo. Esté en su olivo. A las tres, como muy tarde. O sea, vamos a una noche, como la que tiene el resto del mundo, donde se cena a las siete y a las diez roncan en su idioma correspondiente. Nada de estar a la una de la mañana viendo programas en prime time o de copas. Ese mundo que viene a España por sus playas, patrimonio, gastronomía y su noche se va llevar un chasco cuando vuelvan a Salamanca, porque Igea y Casado, el dúo dinámico del BOCYL, le ha metido un recorte a nuestra noche de cinco o seis horas, por lo menos, y el sector, en consecuencia, está que no le llega el uniforme al cuerpo, lo mismo que debería pasarnos a todos, porque la hostelería en Salamanca es mucho más que el bar de la esquina. Es una seña de identidad. Forma parte de nuestro ADN, de lo que somos.

    La Universidad de Salamanca ha encumbrado durante siglos a la hostelería local, desde Luis Cortés a Luis Enrique Rodríguez-San Pedro lo tienen estudiado y divulgado. Los estudiantes hacían de la noche su república y de las tabernas sus palacios. La literatura hizo famoso el mesón de La Solana, en el Lazarillo, la misma literatura que vinculaba famosas meretrices con mesones y estudiantes. Y luego estaba el asunto de la Casa de la Mancebía y el (supuesto) desmadre del Lunes de Aguas, que conoció y anotó el estudiante Girolamo de Sommaia. De aquellos excesos venían los ingresados en el Hospital del Estudio, previo paso por el Desafiadero, donde los asuntos se dirimían a capa y espada. En algún momento de este lío ponga usted a los sopistas, tan queridos de Torres Villarroel, que son los abuelos de los tunos de hoy. Luego vinieron los cafés para las tertulias, los bares para los chatos y los salones de baile en la Cuesta del Carmen para el acercamiento de géneros. Y finalmente, los pubs, las discotecas, los locales de copas, más bares y más cafés. Salamanca se hizo famosa por las universidades, el patrimonio y los bares de noche, y desde los años ochenta ha venido gente de toda España a verlo, sentirlo y vivirlo. Salamanca era destino favorito de los “erasmus” y estudiantes de español, y no sólo por la competencia de su profesorado, que también. La guinda la puso la gastronomía.

    Hoy, un decreto limita el ocio y en consecuencia el negocio que todo ello ha traído. Los empresarios del sector temen a la competencia de botellones y fiestas en los pisos, algo que, sin duda, nuestro directorio sanitario tendrá que legislar, porque no va a ser fácil meter en vereda a estos chicos: “gente moza, antojadiza, arrojada, libre, aficionada, gastadora, discreta, diabólica y de humor”, decía la Tía Fingida, o sea Miguel de Cervantes. Gente, además, de toda España, porque aquí ha estudiado y estudian vecinos de todas las provincias y regiones, que se lo gastan. El mismo sector que se pregunta si no era posible una medicina menos agresiva que la amputación horaria, el decreto de a las tres en la cama estés. Por ejemplo, controles tecnológicos y humanos, como Álvaro Juanes, presidente de los hosteleros, comentó el otro día, que evitasen botellones a cielo abierto y bajo techo. La alternativa es un ocio nocturno que comience a las nueve de la noche y termine a las dos de la madrugada. Justo aquello de lo que están hartos los que venían a Salamanca.