20 mayo 2019
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A dos meses y sin programas

14 mar 2019 / 03:00 H.

Quedan solamente dos meses para las elecciones municipales, sin duda las más importantes para el ciudadano, pero poco o nada se sabe de programas y proyectos —en muchos casos, ni siquiera hay candidatos— que es a la postre lo que nos interesa a todos: qué nos traerá la próxima legislatura, cómo será la Salamanca de dentro de cuatro años, y cómo mejorarán nuestras vidas, que para eso mantenemos —y bien mantenido— el sistema.

El problema de criterio, de objetividad y de falta de planificación, además del maldito relativismo progre, viene dado por el escaso valor que se le concede al tiempo, pues como es algo que “no se ve” —piensan muchos— no existe, y como la idea que prima hoy es la de “vive el momento”, ¿a quién le importa lo que suceda dentro de cuatro “eternos” años? El futuro directamente no importa. ¿Qué le quedará a nuestros hijos?: la intemperie y siempre otros cuatro años... Legislatura tras legislatura, ya sean nacionales, autonómicas o municipales, vemos que los periodos de gobierno caen sobre nuestras vidas sin que nada especial pase, o pase a un ritmo “razonable”. Y todo por la falta de propuestas urbanísticas, educativas, culturales, socioeconómicas, medioambientales... Las cosas se hacen, se van haciendo, ya sea en Moncloa, en el Ayuntamiento de Salamanca o en la Universidad, para salir del paso, y el sistema funciona por la inercia de la rutina, del “vuelva usted mañana”. El “no” y el “no sé” —prueben a preguntar— , es la gran conquista del siglo XXI y la primera respuesta de los jóvenes formados en el aburrimiento, la desgana y la apatía.

Nos asomamos a unas nuevas elecciones y vemos la falta de proyecto, de iniciativa, de ambición; vemos cómo los partidos sudan sangre para encontrar candidatos, para encontrar gente brillante que aporte y que permita ofrecer a los ciudadanos propuestas claras para el futuro, que veamos nuestros impuestos trabajando para nosotros (¿para quién si no?) y que nos deje salvar la democracia dejando de ver la política como un mundo de hombres necios y autocomplacientes.