15 diciembre 2019
  • Hola

¿A dónde va...?

01 nov 2019 / 03:00 H.
Juan Antonio García Iglesias
Visto desde fuera

Hoy por lo visto empieza la campaña electoral, quién lo iba a decir después de todo lo que llevamos corrido, porque en campaña llevamos ni se sabe desde cuándo sin que hasta ahora, al menos que yo sepa, hayamos dejado de estar ni un solo día, ya que por unas cosas o por otras en campaña hemos estado, o eso parecía, que es una forma de estarlo.

Oficialmente ya estamos otra vez. Pues a apechugar con sus consecuencias. Lo bueno es que nos pilla entrenados, vamos, en forma suficiente como para pasar de ella y de ellos, que son los artistas de la farsa. ¿Qué pensarán contarnos ahora que no nos hayan contado ya mil veces y prometernos que no nos hayan prometido otras tantas? ¿Acaso son conscientes de que al paisano de la calle a quien piensan pedirle el voto embaucándolo con lo que se les ocurra, por un oído le entra lo que le cuenten y por el otro le sale? ¿De verdad son conscientes de esto? Me cuesta pensar que no lo sean porque, pese a las muchas razones que hay para dudar seriamente de ello, les reconozco a todos sin excepción cierto grado de inteligencia, a unos más, a otros menos, por supuesto, pero a todos, y me niego a tratar de autoconvencerme de que ninguno acumula tanta idiotez como para no ser conscientes de esta realidad. Lo he dicho en alguna ocasión anterior y lo vuelvo a repetir ahora, que las campañas electorales tal como se hacen son un insulto a la inteligencia de los electores, siendo por ello muchos, cada vez más, los que no se dejan insultar. Otros, por el contrario, se sienten encantados, porque gente hay para todo.

Con Franco de nuevo en El Pardo, lejos de Cuelgamuros después de cuarenta y cuatro años ocupando un terreno que no le correspondía, ¿qué ha cambiado en España? ¿Alguien ha notado algo? Alguien habrá, no lo duden. Y hubo quien no se pudo aguantar y tiempo le faltó para proclamar una vez consumada la exhumación “la gran victoria de la democracia española”. O sea, que Pedro Sánchez, el impaciente, con su proclama, no es que diera a entender a los españoles haber salvado la democracia del peligro que venía sufriendo desde el principio de los tiempos, porque eso significaba reconocer que la había, sino que la democracia empezaba a ser, por fin, en ese preciso momento y por su gracia, una realidad.

Ahora resulta que hasta ese preciso momento y desde el comienzo de la Transición -inicio del proceso de cambio de la Dictadura a la Democracia (por medio “de la ley a la ley a través de la ley”, dicho y hecho por su muñidor, Torcuato Fernández-Miranda), un paso ejemplar sin precedentes en nuestra procelosa historia- los españoles hemos vivido cuarenta y cuatro años en la inopia, hasta el otro día que Sánchez nos sacó de ella, pero de tal forma que nos ponía, tal vez sin pretenderlo, por idiotas. Y pide que le votemos.

Con los muertos no se frivoliza, demasiado temerario, tanto que ni siquiera compensa intentarlo, sin embargo, este insensato ha visto o creído ver que el negocio marcha y se ha lanzado de cabeza a por todas, cosa que se verá el 10-N. Hasta entonces, barra libre.

Cuando murió Franco yo vivía y trabajaba entre Canadá y Estados Unidos. Sin embargo la distancia no fue obstáculo para que viviese y sintiese muy de cerca lo que vino después movido por la necesidad de superar odios enquistados, de curar heridas del alma, que son las que más duelen y peor cicatrizan, de dejar atrás infamias, de vivir en concordia... y por un afán irresistible de reconciliación se consiguió a fuerza de diálogo y de respeto. Quien no vivió aquello no lo puede calibrar, para que venga ahora este individuo (al amparo de la letra y del espíritu de una ley que lo emponzoña todo) a dar lecciones de lo que ignora a quienes hicieron posible la democracia y a quienes la recibimos con los brazos abiertos. ¿A dónde va, a dónde nos quiere llevar, cómo y por qué vericuetos? Si todos sus méritos se reducen a tan poca cosa, pobre balance ofrece como atractivo, que podría habérselo ahorrado por el flaco favor que le hace a la concordia de la que insinúa ser único valedor quien la está dinamitando. Cataluña es otro ejemplo. Tomen nota del individuo y actúen en consecuencia.