Volver al oscurantismo

22.01.2019 | 04:45
Marta Robles

El otro día coincidí en Espejo Público con Alicia V. Rubio, la filóloga, profesora de educación física de Vox que ha escrito ese polémico libro titulado "Cuando nos prohibieron ser mujeres y os persiguieron por ser hombres" Un libro contra lo que ella llama "ideología de género" con el que cuestiona todas las reivindicaciones femeninas de nuestro tiempo.
Entre sus obsesiones –que son muchas—, está la de cargarse la Ley de Violencia de Género. Una ley que yo siempre recalco que, es cierto: favorece a la mujer. Pero verán, lo hace, porque la mujer sale a la carrera de la vida en nuestra sociedad, con tal desigualdad que, al menos, hay que tratar de paliarla con alguna herramienta extra de defensa. En el siglo XIX cuando nacieron la democracia social, origen del socialismo, y la democracia liberal, origen del capitalismo, se ponía un ejemplo muy gráfico respecto a las desigualdades sociales: Si en una carrera de mil metros, los participantes que salieran a correr fueran un atleta, un cojo y un ciego, sus condiciones físicas serían diferentes y por tanto la igualdad ante el reto no sería real, aunque a todos se les permitiese correr. Está claro que tal ejemplo solo pretendía que se visualizaran las diferencias existentes entre las personas dependiendo de sus situaciones particulares (físicas, intelectuales, de formación, de recursos etc.) y que, evidentemente, eso no quiere decir referido a este caso, que la mujer tenga discapacidades, sino que la sociedad se las provoca al considerarla y tratarla de manera diferente.
Es verdad que la Constitución defiende la igualdad, pero ya saben ustedes que luego todo eso queda en agua de borrajas en la calle y que aún hay salarios distintos, oportunidades distintas y distinto tratamiento a madres o padres, además de esa permanente espada de Damocles sobre las cabezas de las mujeres que es la violencia contra ellas. Es como si las mujeres salieran a la batalla desnudas y los hombres con armadura. Ponerse a decir, como Alicia, que los hombres también sufren como las mujeres, es una verdad de Perogrullo, pero con intención torticera. Porque cualquier violencia está penada por igual para el hombre y la mujer en nuestro código, salvo la violencia doméstica, la machista, la que mata a las mujeres solo por serlo. Es cierto que también mueren muchos niños y que sería más que deseable que la Ley ampliara la protección y los incluyera; pero no lo es que los hombres vivan en el mismo riesgo que nosotras, ni que las denuncias falsas sean otra cosa que anécdotas.
La ley contra la violencia de género se tiene que remodelar, cómo no. Hay que hacerlo porque ni con ella conseguimos que no se multipliquen los asesinatos; pero si la derogamos, volveremos a aquellos días en las que ni siquiera nos enterábamos de ellos. Ampliémosla a los niños, démosle fuerza, contundencia, valor, revisémosla para que se preserve la presunción de inocencia de los hombres€, pero no la deroguemos. Sin ella volveríamos a ese oscurantismo al que quiere arrastrarnos Alicia V. Rubio.

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