Historias del alfoz

11.01.2019 | 04:45
Santiago Juanes

Los ediles del alfoz salmantino se reunieron ayer. La Salamanca metropolitana, dirían los modernos; y la socampana, los vintage o viejunos. Se podría decir que hablamos de aquello que se alcanza a ver desde la veleta catedralicia, dado que el ruido de los coches impide escuchar el tañido de una campana desde más allá del dintel de su iglesia. Intentarlo es tan inútil como observar estrellas en el centro de la ciudad: solo se ven las de algunos escudos (Fonseca o Solís) que adornan ciertas casas nobles y las del Cielo de Salamanca.
El alfoz salmantino es Doñinos, con sus tres fuentes citadas por Pascual Madoz; Villamayor, pueblo de canteras y calenturas, decían los clásicos, uno de ellos, Luis Maldonado, la llamaba aldea; Cabrerizos, sacudida por todos los vientos, donde se inició una obra de abastecimiento de agua a Salamanca y en la que su taberna fue muy concurrida y celebrada, al menos en el siglo XIX, es campus de reposo; Carbajosa, con su tierra de primera calidad, según los informes económicos; Villares de la Reina, alzada en llanura descubierta; Aldeatejada, sede real y poética, gracias a Iglesias o Meléndez; Carrascal de Barregas, ideal para los cultivos de tres hojas; Santa Marta, puerta de entrada desde Madrid, y Arapiles, donde Marmont perdió un brazo en una inolvidable batalla. Pueblos cercanos a la capital, pero ¿unidos? Unos mejor que otros, me dicen. El autobús está ahí y ahora se espera que llegue el taxi y luego, otros servicios, eso sí, sin perder autonomía. No creo que algunos veamos a estos pueblos convertidos en barrios de la capital como ocurrió con Tejares. Es más, si preguntan a algunos tejareños escucharán que aquella absorción no fue tan estupenda como se vendió.
Ni Tejares ni los citados pueblos del alfoz, tan próximos, tienen mucho en común con la capital salmantina, a la que abastecieron durante siglos, pero sí hay algunos episodios recordables. De Villamayor sale la piel de Salamanca, Cabrerizos estuvo a punto de darnos agua, Villares y Carbajosa, albergan buena parte de nuestra industria, Aldeatejada albergó a reyes que se casaron en Salamanca y Arapiles fue escenario bélico como lo fueron Salamanca y Carrascal. Y lo que sí tiene el alfoz en común con Salamanca, que es lo importante, es que muchos que trabajan aquí duermen en casas de sus pueblos. Y esto es fundamental y lo que ha dado a ese espacio la dimensión demográfica que tienen: son los pueblos con más niños de Salamanca, y lo son porque sus padres solo encontraron en ellos viviendas asequibles para emprender una vida familiar. De alguna manera, esos pueblos se hicieron con expulsados de Salamanca, exiliados por no poder adquirir una casa donde formar una familia.
Este es un año electoral –tiemblo al pensar en lo de Andalucía—y supongo que los candidatos en esos pueblos y los de la capital tendrán un plan para ir ampliando servicios comunes, para que, sin llegar a ser barrios, los vecinos del alfoz se sientan más cercanos y lo mismo que antaño escuchaban la campana de San Martín o las de la Catedral, ojalá algún día nosotros escuchemos las suyas. De momento, las campanas que suenan son de alegría por el reconocimiento a Xosé Rodríguez Bustelo, del Centro de Investigación del Cáncer, donde tantos hacen tanto con lo poco que reciben.

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