Arrabal de senectud

08.12.2018 | 04:45
Alberto Estella

En la escuela de antañazo aprendíamos coplas. Cualquiera recitaba de memoria algunas de Jorge Manrique a la muerte de su padre, como la primera: "Recuerde el alma dormida / avive el seso y despierte / contemplando / como se pasa la vida / como se llega la muerte, / tan callando€". Amancio Prada las puso música y estrenó hará unos diez años –en tarde inolvidable–, en el pueblo palentino de Manrique, en la llamada Catedral de Paredes de Nava. En su retablo están las famosas tablas del también paredeño Pedro Berruguete. Desde entonces, como se pasa la vida, y el día 4 el mismo Amancio las ha vuelto a interpretar, pero esta vez en Salamanca (40 años de la Constitución), y en versión de Orquesta Sinfónica, con el coro Sinfónico del Conservatorio Superior, en ambos casos de Castilla y León. Magnífico concierto. Es la IX Copla sobre la que reflexiono y me inspira esta sabatina: "Las mañas y ligereza / y la fuerza corporal / de juventud, / todo se torna graveza / cuando llega el arrabal de senectud".
La nueva versión me llevó a rescatar de la biblioteca un librito delicioso del recordado pintor salmantino Zacarías González, con los ejemplares numerados, y grata dedicatoria personal: "Décimas a la muerte compuestas por un hidalgo de la ciudad de Cuenca" (que en rigor fue Calderón). Zaca las caligrafió en letra gótica y las ilustró con el primor de un mago del dibujo. Tienen varios estudios preliminares, el primero del también añorado don Ricardo Senabre, magistral, sobre la "Meditatio mortis". Editó el códice exquisitamente Hespérides, de emprendedores y cultos salmantinos, "para solaz de los amantes de las Artes", según reza el colofón. Y uno volvió a solazarse. A propósito de una de esas Décimas, Senabre se remonta a Góngora, el primero que concluyó uno de sus más celebrados sonetos manteniendo que hermosura y vida están destinadas a convertirse "en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada". (Otros autores plagiaron. Lean la inscripción del sepulcro de Ramos del Manzano en San Julián).
Estas meditaciones de septuagenario continuaron trasantier y antier por culpa del revival constitucional que prepararon las Cortes para los constituyentes del 78, contemplando las numerosas ausencias definitivas y los estragos del tiempo en algunas presencias. El hemiciclo del Congreso se pobló de sienes plateadas, cabellos blancos, calvas apergaminadas y cueros cubiertos pudorosamente con peluca. Errabunda, la cabellera poco densa, color zanahoria marchita, de Ramón Tamames. Habían recomendado a los de tantas legislaturas posteriores que no acudieran, que dejaran hueco a los de la primera, ruego que desoyó el sempiterno parlamentario "por" (no "de") Salamanca, Gonzalo Robles, que de seguir no representándonos –ahora de senador–, cualquier día queda fosilizado en un escaño.
El caso es que tenía razón la Presidenta Ana Pastor –magnífica su pieza oratoria–, que debíamos sentirnos orgullosos de ser el país con más trasplantes del mundo, y tener por delante solo a Japón en expectativas de vida (los hombres más de ochenta, las mujeres más de ochenta y cinco). Alguna culpa tiene nuestro sistema público de salud. Saca palante a quienes antes cascaban sin decir ni pío, y dispensa dos codiciados fármacos : para la depresión y para la erección. Ahora sí que somos un arrabal de senectud. Hemos llevado la contraria a Cicerón, que en "De Senectute", habla del "fogoso corcel" que vencía en los juegos olímpicos y que "debilitado por la vejez descansa". Si, si. Llegó Julio Iglesias y se marcó un "caballo viejo de la sabana", que si se encuentra con una potra alazana, no le sujetan frenos ni riendas. Pues eso, aunque algunos perezcan en el empeño. Cela quería morirse tras haber montado una potra, encendido un puro y gritado ¡Viva España!.
En tan delicada materia, mis maestros –un decir–, adoptaron actitudes distintas. Delibes, fiel a su "Señora de rojo sobre fondo gris" (falleció con 48 años), escribió "La hoja roja", la que sale en los librillos de papel de fumar avisando que solo quedan cinco, con menos de cuarenta años. En cambio Cela, infiel a su Rosario, por parte viejo acabó en brazos de "Marina Mercante" (o sea, Marina Castaño). Sostenía que "la vejez suele ser cínica y acomodaticia, egoísta y poco respetable", vamos, como él, grandísimo escritor, valiente hijo€ Pero tenía razón al decir que "la vejez es la arterioesclerosis: mientras la cabeza funcione, con mayor o menor rigor, pero funcione, la vejez se ahuyenta". Entre los constituyentes del 78 hay todavía cabezas egregias, pensantes, arrepentidas. La del ponente Pérez Llorca, aparentemente moribundo, partidario de rescatar la educación y las lenguas para el Estado. Dijo que "ha llegado el momento de pensar en el autogobierno de España". ¡Olé!

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