Con él llegó la distensión

06.12.2018 | 04:45
Julián Ballestero

Decía el gran maestro Ryszard Kapuscinski que para ser buen periodista hay que ser buena persona. Lo mismo vale para alcalde. Un mal bicho, una sujeto retorcido, pagado de sí mismo y convencido de estar en posesión de la verdad, es el paradigma del mal alcalde. En Salamanca hemos tenido alguno de estos en las últimas décadas, pero no ha sido Alfonso Fernández Mañueco.
El primer edil de la capital durante los últimos siete años se marcha para conquistar el Gobierno de Castilla y León dejando tras de sí una estela de serenidad y elegancia. No vamos a decir que en el Ayuntamiento solo deja amigos, porque no sería cierto y además hubiera resultado imposible mantener una relación cordial con concejales como los de la marca blanca de Podemos, que han llegado para vituperar, censurar y denunciar sin más límite que su presupuesto para litigios. Los representantes del PSOE y de Ciudadanos no lo van a reconocer, porque eso les restaría votos (o eso piensan ellos, que ya veríamos), pero en su fuero interno saben que difícilmente van a encontrar un alcalde tan amigo de los pactos y tan alejado del trágala como Mañueco.
Mañueco vino a sustituir estilo hosco, alejado del sentir de los ciudadanos y ajeno a cualquier control de la oposición, de Julián Lanzarote, que había expulsado a los colectivos 'molestos' de todos ámbitos de participación apostando por el diálogo y la distensión.
Durante estos dos mandatos (el último incompleto), Mañueco ha sufrido los rigores de la crisis y de la imperiosa necesidad de salvar las arcas municipales de la ruina. Su esfuerzo, y el de su equipo de colaboradores, le ha permitido sanear las cuentas y enjugar la cuantiosa deuda heredada, pero no ha gozado de margen para acometer grandes inversiones. La transformación de La Aldehuela, el Plan del Tormes, la creación de más aparcamientos y carril bici, la construcción de nuevos jardines y la transformación de La Alamedilla, la apertura de nuevos monumentos visitables y la promoción del turismo, el impulso de las obras del Hospital (ha sido una de sus obsesiones, espoleando a la Junta a no dilatar más el proyecto), la reforma de Canalejas o la reconversión del colegio Victoria Adrados se han acometido con gran esfuerzo y escaso presupuesto. No podemos hablar de una ciudad diferente tras su paso por la Alcaldía, pero sí de una Salamanca más habitable, más atractiva y menos polémica en todos los frentes. Entre sus fracasos, la solución todavía pendiente para la sentencia de El Corte Inglés, y el parking de Comuneros, a veces por buscar acuerdos con la oposición, con la Junta, con el Ministerio y con los vecinos.
Ese objetivo de caminar hacia una ciudad más amable lo ha conseguido Mañueco a costa de sufrir en silencio, con paciencia y flemática resignación, las incongruencias de quienes con su abstención permitieron la investidura y que durante tres años y medio han dado más coces que abrazos. Ciudadanos se ha comportado como un grupo imprevisible y veleidoso, mientras que el PSOE a ratos ejercía una oposición constructiva y en otras ocasiones se sumaba a la estrategia 'destroyer' de Ganemos.
Ahora deja al frente de la Alcaldía como sucesor a un hombre de su total confianza, Carlos García Carbayo, aunque para ello deberá contar con el permiso de los naranjas. No parece que haya alternativa, a no ser que la formación de Albert Rivera quiera suicidarse ante las elecciones autonómicas y municipales de mayo.
A ganar esos comicios se dedicará Mañueco a partir de hoy, afrontando un reto de calado ante un panorama político incierto, cambiante y plagado de minas. Las primeras trampas que habrá de sortear se las van a colocar sus compañeros de partido en la Junta, los restos del herrerismo recalcitrante empeñados en mantenerse en el poder el mayor tiempo posible, y de quienes no puede esperar colaboración, pero sí al menos que no le pongan más zancadillas en este poco tiempo de que dispone para dar a conocer su proyecto.

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