Almudena

10.11.2018 | 04:45
Alberto Estella

Escribo el día de la Almudena —"Salve, Señora de tez morena"—, en otro puente que ha llenado nuestra ciudad de gatos, almudenos.
La historia: alguien gritó ¡que vienen los moros! y emparedaron la Virgen. Los invasores hicieron su mezquita en la almudaina —la ciudadela—, pero ocho siglos después llegaron los cristianos y la Virgen reapareció en la muralla, ¡entre cirios encendidos!. Se construyó sobre la mezquita un templo, luego sede catedralicia, frente al Palacio Real, y Ella nombrada Patrona de Madrid. Allí cripta, sepulcros y la familia Franco que adquiere panteón. Azcona advirtió que "Los muertos no se tocan, nene", pero Pedro Sánchez, desahucia al dictador de Cuelgamuros y la familia dispone ¡a la Almudena! Surgen, ay, barruntos inquietantes: colas en Oriente como cuando murió, bufandas, postales, llaveros, jodó, la venganza de la momia.
Escuché por vez primera Almudena —"arroyo claro, fuente serena"—, de chico, no por la Virgen, sino por una violetera flamencona, amante de un señorón. Debió ser la profesora de piano de varios hermanos, Esperanza Rasueros, tocando la pegadiza melodía, alguno de cuyos pasajes canturreaba: "Almudena, mi Almudena, no te vayas tú de aquí, que él es Duque y tú una pobre, violetera de Madrid". Luego en la vieja radio de cretona, sección discos dedicados, reproducían muchas tardes el vinilo de la Piquer, que la entonaba con mucho sentimiento. "Almudena" se me incrustó, indeleble, en la mollera. La canción termina de forma cruel, lacrimógena, el duque del brazo de una duquesa y la confiada violetera despechada, volviendo a vender flores en la Plaza de Oriente (Nada que ver con "La Violetera" de Padilla, excelente, y con aquella Sara Montiel, "castiza, que si entorna los ojos ¡te cauteriza!").
Hablando de duquesas, compartí varias veces mesa y mantel con la consorte del Duque del Infantado, Almudena del Alcázar, de mucha clase. Venía esporádicamente a una dehesa salmantina. Luego conocí a su hija Almudena de Arteaga y del Alcázar — hoy titular del ducado—, con similar vitola, ya escritora de renombre, que quería presentar en Salamanca, y presentó, su primera biografía, "La princesa de Éboli". Mucho después editó un interesante ensayo, que tiene bastante que ver con Salamanca: "Beatriz Galindo la Latina, maestra de Reinas".
Hablando de escritoras —y esto empieza a perecerse a un cesto de cerezas de las que voy tirando—, reconozco la calidad de Almudena Grandes (El País, la SER). Fue premio La Sonrisa Vertical —¡coño!—, pero de la versión cinematográfica de "Las edades de Lulú", solo me gustó la preciosa actriz italiana que importaron para que hiciera de lasciva protagonista, y nada la interpretación, ni el rostro acarnerado del verriondo Javier Bardem. Ella considera a los españoles "horteras y borricos", supongo que salvo a su esposo, claro, el estupendo poeta Luis García Montero, hoy presidente —a dedo del gobierno social-podemita—, del Instituto Cervantes. Les acopla el matrimonio, la literatura, la ideología, un insoportable sectarismo, e Izquierda Unida, que jamás será vencida. Él ha reunido las poesías que le ha ido dedicando a ella — físicamente poco agraciada—, en un poemario titulado "Almudena". Son de esas parejas de la insufrible izquierdorra patria, como Ana Belén y el sobrevenido rogelio Víctor Manuel, que en su juventud cantó con entusiasmo a Franco. Antaño daba las gracias al dictador —escuchen "Un gran hombre"—, por haber impedido la invasión comunista, labrar, sembrar la paz. Hogaño persigue su momia, "mientras se escuche una gaita y haya sidra en el lagar", tiecojó.
Otra cereza, otra escritora, otra tocaya, esta apellidada Merino. Representa el triunfo del coraje, la bravura. Padece una enfermedad rara y transita por la vida en silla de ruedas. ¿El Casino es accesible?, me preguntó. Lo es. El próximo día 17 presenta en el Palacio de Figueroa su último poemario. Ayer decía a toda página en este periódico: "Escribir para mi es una terapia". Chapeau, Almudena Merino.
No olvido la nieta de un caballerazo —Cabrera y Carrillo de Albornoz—, hija de amigos, Almudena Parres, Concejal de Comercio, inteligente, guapa. Abrazote.
Pero tengo un especial recuerdo para quien me proporcionó una experiencia personal cuasi mística. En la solemne oscuridad del locutorio de las Carmelitas abulenses de "La Encarnación" (visitando a una salmantina que lleva allí feliz 75 años), penetró inesperadamente una novicia que iba a desposarse con Dios una hora más tarde. Vestía hábito blanco resplandeciente. El rostro feliz, la voz angelical, como una virgen ansiosa por desposarse. Almudena Rojas Estapé era una adolescente que tenía muchas papeletas para ser una burguesa tontita, pero un día escuchó la llamada del Señor. Almudena, por lo que más quieras, reza por España y por nosotros.

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