¿Y ahora qué?

13.10.2018 | 04:45
Juan Carlos García-Regalado

Después de siglos de tinieblas y abandono por parte de imperios, repúblicas, dictaduras y democracias, hoy podemos decir que Salamanca tiene ya de casi todo en infraestructuras. Buenas autovías en los cuatro puntos cardinales de la provincia, unas carreteras secundarias más que decentes, una conexión ferroviaria por fin bastante digna con Madrid, y, no lo olvidemos, el aeropuerto de Barajas, uno de los más importantes del mundo, a menos de dos horas —qué manera de tirar el dinero con Matacán abierto a los vuelos comerciales subvencionados—. Digamos que Salamanca ya está "en el mapa". Pero, ¿y ahora qué? Esta sin duda es la pregunta más difícil y la más importante, pero también la que no acaban de hacerse los responsables políticos y sociales de una Salamanca que no da con la tecla de su futuro, de su propia supervivencia en este mar de despoblación en el que nos encontramos€ y cayendo en barrena.
Salamanca tiene un problema más allá de estar lastrada por su espíritu de señorito andaluz con la autoestima por los suelos, y es su sempiterna negativa a tener un proyecto, de lo que sea. Un proyecto de ciudad, de provincia, de Universidad€ Estamos en la rutina de la inercia y, sobre todo, de las migajas que dejen caer desde Madrid o Valladolid, casi siempre migajas envenenadas por la jactancia de los primeros y por las envidias pueblerinas de los segundos€.
Dado que acaban de estar actuando entre nosotros Raphael y Miguel Ríos, ambos casos vienen muy bien para ilustrar esa rutina que demuestra, hablando de cultura, que los "programadores" (políticos programadores quiero decir) ni saben ni quieren ni pueden ver más allá del "más de lo mismo". ¿No hay nada más nuevo bajo el sol que Miguel Ríos o Raphael€? No me puedo creer que una ciudad como Salamanca, con una densidad de población juvenil de las más altas de España, incluso de Europa, no pueda ofrecer regularmente música, cultura en general de calidad, de vanguardia, nueva, diferente, o que hayan soñado que Banksy pasó por el barrio del Oeste, una zona que llega a lo modernillo —que no modernidad— con cerca de cuarenta años de retraso y cojeando. No aprendemos de nuestros errores, de nuestros tropiezos, porque el "más de lo mismo" sigue resultando lo más cómodo para el día a día de una sociedad salmantina acomodada en la tranquilidad de la nada, de ver pasar el tiempo convencidos de que lo nuestro es lo mejor, la mejor Universidad, la plaza más bonita del mundo —y la más destartalada, olvidan—, las mejores tapas, y viva otra vez Vicente del Bosque y el "fúlbol"€

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