El pasado que vuelve

11.10.2018 | 04:45
Tomás Pérez Delgado

La Historia nunca se repite, pues si lo hiciera, tendría un movimiento circular, sin avance. Tampoco se mueve linealmente hacia adelante, en un progreso indefinido y continuo. Lo hace como los océanos, con su pleamar y su bajamar, con progreso y con retrocesos. La democracia, por ejemplo, ha sido un sistema que ha avanzado en el mundo por sucesivas oleadas (Huntington). En Europa, la mayor pleamar democrática fue la que siguió a la II Guerra Mundial, con la articulación del Estado del Bienestar y la organización de la cooperación interestatal que llega hasta la actual Unión; a ese movimiento progresivo se incorporaron a mediados de los setenta los países mediterráneos, algo más atrasados –Portugal, Grecia y España- y, finalmente, a partir de 1989, los del Este, tras el colapso del sistema soviético.
Hoy, sin embargo, asistimos en el mundo a una bajamar en ese proceso. Ahí está el caso de Brasil, con la emergencia calamitosa de Bolsonaro, aupado por un electorado golpeado por la crisis económica y aturdido por la añoranza milagrera de un caudillo resuelvelotodo. Y ahí siguen, impertérritas, las dictaduras populistas de Cuba, Nicaragua y Venezuela, con sus diferentes modulaciones de pobreza y terror. Pero no se trata solo de un fenómeno propio de países atrasados o víctimas de dificultades. El trumpismo es, como producto de una sociedad avanzada, la cresta más visible, podríamos decir modélica, de una ola de retroceso democrático. La demagogia radical de su discurso, impregnada de emoción y amargura, amenaza con destruir el debate racional acerca de las opciones de gobierno, que es, junto con la capacidad de que el pueblo elija una de ellas, la esencia de la democracia.
Europa padece el mismo síndrome. Aquí, el riesgo de vuelta atrás se manifiesta en la proliferación de discursos xenófobos y ultranacionalistas, que dirigen sus dardos contra el pluralismo interno de algunos Estados (Bélgica, España) o contra el encarnado por la Unión Europea, garantía de la paz y del progreso socioeconómico del todo el Continente, presentada por el populismo antidemocrático como un producto de élites corruptas y extractivas que, en odiosa conspiración antipopular, estarían imponiéndonos la globalización. Salvini, Le Pen, Puigdemont/Torra, Orbán y un largo etcétera encabezan el avance hacia un pasado que, en Europa, es el del odio y la guerra. Se preparan para asaltar el parlamento europeo en 2019 y nadie, salvo quizá Madeleine Albrigth, parece querer recordar el caso de Yugoslavia y los peligros que nos amenazan.

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