Quedarse en la segunda copa

25.09.2018 | 04:45
Marta Robles

Ahora que tanto se está insistiendo en que el alcohol no es bueno para nada, yo debo de reivindicar que mi vida hubiera sido menos grata hasta ahora sin él y que me niego a borrarlo de mi existencia. Entiéndaseme: no es que yo beba a diario ni que necesite el alcohol para vivir, pero una copa de vino o un gin tonic a tiempo me dan la vida y me hacen sonreír, sin que con eso tenga necesariamente que emborracharme. Aunque debo de reconocer que yo, como tantos, alguna vez he bebido de más. No recuerdo haber llegado al grado de inconsciencia del que hablan algunos bebedores ni tampoco a la amnesia alcohólica, de la que tanto se habla ahora, y que tantos delitos ha justificado a lo largo de la historia, pero sé que existen y pueden conllevar serios problemas. A veces no se producen por beber mucho, sino solo por beber rápido, con ansia o con el estómago vacío; en esas circunstancias el alcohol puede ser fulminante y dejar K.O. incluso al que mejor sabe beber. Hay que tener cuidado, porque el alcohol —como la mayor parte de las drogas— contribuye a exaltar el estado de ánimo de quien lo consume. Esto quiere decir que si alguien bebe estando eufórico, lo estará más que si alguien lo hace estando deprimido, se sumirá en la tristeza y que si alguien bebe cansado, el alcohol lo desplomará. Y entre medias de todo, ese olvido que tan aterrador resulta. Para evitarlo, además de un consumo responsable, hay que saber dónde está el límite de cada cual y cuándo el alcohol puede sentarnos bien, regular o mal.

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