Una revolución difícil, larga y costosa

14.07.2018 | 04:45
Alberto Estella

"Ayer en el Liceo" se celebró un acto organizado por las Cruzadas Anti-blasfemas de Madrid, con intervención de su fundadora y un reverendo. Debo aclarar que eso sucedió hace exactamente 75 años, según leo en la interesante sección de este diario titulada "Tal día como hoy€". ¿Pero se blasfemaba en 1943? Parece que sí. Los arbañiles tenían dos graves defectos: lanzaban piropos subidos de tono a algunas mujeres que pasaban cerca del andamio; y no se les caía el copón y sus sagradas formas de la boca. Tengo contado que en un Congreso Eucarístico de los años 50, altavoces en toda la Plaza Mayor repetían el himno: "Hostia santa, hostia pura, hostia inmaculaadaa€". En la terraza del Nacional —antes y después Novelty—, unos contertulios discutían si la música era de García Bernal o de Pergolessi, y el ingenioso Manolo Grande terció: "No sé de quién será la música, pero desde luego la letra es de Cipriano" (conocido maestro de obras de la época, que prodigaba esa blasfemia, como partícula que embutía cada tres palabras). Eran los tiempos de la copla, cuando la Bizcocha, del romance de La Lirio, "llevaba siempre, en su labio amarillento, una colilla colgada y una blasfemia al acecho". De entonces eran los carteles obligatorios en las tabernas y mesones, que uno llegó a conocer: "Prohibido cantar y blasfemar". Y la propuesta de un carlista para impedir que San Sebastián se llamara Donostia.
Esta parrafada era para reflexionar sobre el cambio de todo, a Dios gracias, incluido el lenguaje. Yo no sé si entonces se blasfemaba, aunque a mí me parece que había más ligereza y ganas de saltarse lo prohibido que deseos de ofender lo sagrado. Lo cierto es que el uso de la dichosa palabra, vitanda y rotunda, fue creciendo y ahora la derrochan hasta los niños (esos tan malos que en su primera comunión había que administrarles un par de ellas). La versión vasca es ¡osti-tu!, y la catalana ¡ostimeta!. Hay también versiones edulcoradas: la de exclamar ¡ostrás! (pobre molusco); o la que propuso Amando de Miguel, quitándole a hostia, como expresión homófona del pan que se consagra en la misa, la hache: ¡Ostia!, que reduce su acritud blasfema (pero don Amando, si solo la alivia cuando es por escrito).

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