Una pija

10.07.2018 | 04:45
Marta Robles

El otro día una colega a la que sigo habitualmente por su brillantez (Luz Sánchez-Mellado) escribió en El País una columna sobre su padre, y hete aquí que sentí una inmensa necesidad de hacer lo propio. Aunque Luz y yo nos llevamos escasos tres años (yo soy la mayor, naturalmente), nuestros padres se llevaban más de diez, así que el mío no nació en el año del hambre, sino que se chupó la guerra y llegó con un hambre eterna a ese año 1940 en el que nació el de Luz. Mi padre vivió la guerra como los niños de 8 y 10 años de su época: como si fuera un adulto. Pocos años después del final del conflicto, su padre ( mi abuelo) un abogado mediocre y ludópata, murió de pulmonía tras jugarse la poca fortuna familiar que conservaba y su madre (mi abuela) se encontró con dos niños y una niña a los que sacar adelante con lo poco que le quedaba. El hermano mayor de mi padre, que apenas le sacaba un par de años al mío y que tenía una salud muy frágil, murió poco después también de neumonía -tal vez contagiado- y le cedió el testigo de la responsabilidad familiar al siguiente varón de la familia. A mi padre le tocó entonces, con catorce años, sostener la vapuleada economía familia y descargar piedras para las obras. Lo hacía a diario y luego volvía a casa, dispuesto a hincar los codos hasta hacerse sangre, caminando por delante de una confitería, en cuyo escaparate siempre estaban expuestas unas empanadillas de mazapán. Mi padre siempre fue muy goloso. Le perdía el chocolate y cualquier otro dulce. Si le regalabas una caja de bombones le hacías feliz, aunque le durase bien poco: comía el primero con desconfianza, pero luego se zampaba el resto de una tacada y a toda velocidad. Nunca supe a qué venía tanta prisa hasta que, siendo yo ya mayor, me habló de aquel día de su infancia de descargador de piedras en el que, por fin, pudo reunir unas monedas para comprarse esa empanadilla de mazapán anhelada hasta en sueños.

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