Brujulear viene de brújula

08.07.2018 | 04:45
Juan Antonio García Iglesias

Todos sabemos qué es una brújula y para qué sirve, porque ¿quién no ha estado en un campamento con los boy scouts, con la parroquia, con el colegio, con la Cruz Roja€ y los de mi edad con el Frente de Juventudes, en los que enseñan el uso de la brújula y se aprende el arte de brujulear? Pues nada mejor que el verano para echarse al mundo, practicar lo aprendido y brujulear sin rumbo fijo.
Las brújulas funcionan cuando tienen un referente de orientación, señalan el norte [magnético] y permiten tomar la dirección correcta evitando perderse, siendo esta su función. Las brújulas son útiles siempre que no haya nada que las perturbe, si algo hay se vuelven locas y pierden el norte, que recuperan al desaparececer la causa perturbadora.
Nos pasamos la vida brujuleando sin parar, mirando a ver que hay o que deja de haber y dónde, intentando orientarnos y tomar tierra allá por donde vamos, es algo instintivo. Si nos asomamos al panorama político y vemos lo que por él se mueve y cometemos la imprudencia de entrar notamos enseguida la imperiosa necesidad de no perder el norte para no perderlo todo. Pero resulta que el panorama es por sí un campo de perturbaciones por el que a cada paso que se da la brújula enloquece y no sabe uno hacia dónde tirar, siendo lo recomendable salir de él y contemplarlo desde la distancia. Meterse dentro es con toda seguridad perderse.

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